Memoria del sufrimiento de las mujeres bajo el franquismo y la Iglesia Católica

Memoria del sufrimiento de las mujeres bajo el franquismo y la Iglesia Católica

Valladolid fue testigo esta semana de las cicatrices, que nadie cura, del demencialmente llamado ‘Patronato de Protección a la Mujer’

Los delitos prescriben, pero el sufrimiento no. La injusticia y la tortura en mentes, corazones y vidas tampoco. La memoria de las barbaridades que el franquismo y la Iglesia Católica cometieron contra las mujeres no puede enterrarse en un estado democrático como el que nos dimos diez años antes de que aquel infierno se aboliera, y esto hay que decirlo y escribirlo hasta el agotamiento, hasta que el Estado restituya las vidas de todas aquellas jóvenes que lo padecieron, hasta que la sociedad, de forma unánime, conozca y condene cada uno de los detalles de tamaña barbarie.

La brutalidad inculcada contra la mitad de la población española durante cuarenta años por el demencialmente llamado «Patronato de Protección a la Mujer» —hasta 1985, aunque en 2026 nos parezca increíble— no puede quedar impune en la historia ni en la memoria colectiva, y eso es lo que se lleva intentando décadas y se ha intentado también esta semana en Valladolid desde la Fundación Jesús Pereda de Comisiones Obreras, infatigable en la tarea de sacar a la luz lo que sufre el olvido del líquido presente en el que lamentablemente nos movemos.

Ni olvido ni perdón

La crueldad, la insensibilidad, la impunidad y la supremacía dirigían aquellos espantosos edificios —repartidos en numerosas localizaciones por todo el país, también en Castilla y León— entre cuyas cuatro paredes se cometían, por parte de monjas y sus cómplices en el poder contra personas exclusivamente de sexo femenino y en su mayoría menores de edad, todo tipo de atrocidades bajo el amparo de un sistema fascista.

Y ese sistema permitía trabajos forzados, celdas de aislamiento, partos desatendidos en salas desamparadas en las que se cometían carnicerías, compra de bebés arrancados de los brazos de sus pequeñas madres, trata de blancas e innumerables otras salvajadas contra las que estas jóvenes se encontraban indefensas, sin el amparo ni el auxilio de nadie, ni siquiera de sus propias familias, cuando aún las tenían.

No extrañará, entonces, a cualquiera que las escuche, que una de esas mujeres, que esta semana ha contado en Valladolid su inmenso padecimiento, Paca Blanco, afirme que ni olvida ni perdona, que no hay resarcimiento para esa parte de su vida que nunca podrá recuperar ni relegar en su memoria, porque su memoria es necesario compartirla y mantenerla viva. Ya saben aquel principio del periodismo: lo que no se cuenta, no existió.

Terrorismo contra el «sexo débil»

El terrorismo que cometieron fascistas y eclesiásticos contra lo que llamaban sexo débilsensu contrario, contra las mujeres que demostraban no ser débiles, y no plegarse a los mandatos de una dictadura violenta e intimidatoria— es difícilmente asumible hoy en día para el común de los mortales, pero para hacerse una idea hay que leer libros como el que Carmen Guillén presentaba también esta semana en este mismo ciclo de «Memoria democrática de las mujeres», que se resume en el objetivo de «Redimir y adoctrinar»: es decir, reducir y manipular, por la fuerza y mediante la violencia y el escarnio.

No tenemos las imágenes de aquellas torturas, pero sí los testimonios de las mujeres que no se suicidaron y siguen vivas. Todas las que pasaron por el Centro de Orientación y Clasificación, COC, de la calle Marqués de Urquijo de Madrid. Los testimonios de aquellas jóvenes que gritan, ahora adultas, contra la bestialidad que soportaron, tenemos la obligación de compartirlos.

Paca, «la brava»: «Vinieron a cortarme el pelo al cero y acabé en una celda en la que no me podía poner tumbada ni de pie»

Paca «la brava», hija de un rojo republicano al que el Régimen apresó y sacó de Cuelgamuros para trabajar gratis para la dictadura como ebanista en Madrid hasta que murió a los 44 años, es una rebelde de cuna. Ella es una de esas mujeres amenazadas siempre por ser hijas de quienes son y por ser como son, participante en todas las huelgas y manifestaciones en las que se podía estar que nos han dado los derechos laborales que tenemos hoy y que ahora algunas contemporáneas ni podemos imaginar.

Paca, a los dieciséis años e hija de un rojo —un estigma— era una mujer revuelta contra el sistema desde que tuvo uso de razón. Y por eso pagó un alto precio.

En su charla tras la proyección del documental «Els buits» («Los vacíos») en Espacio Seminci, acompañada de la hija de otra víctima, Yolanda Morales, compartió, una vez más, su viacrucis en aquellos reductos de maltrato y vejación extremos a los que la llevaron las mujeres de su propia familia un día que volvía de las fiestas del barrio.

Y sí, la llevaron al reformatorio de Villalba, en la Sierra. «No les guardo ningún rencor, porque lo han pasado muy mal», asegura, «pero cuando entré allí ya supe dónde me habían metido y por qué, aunque también pensé por dónde me podía largar, porque era muy necesaria en la calle como rebelde con causa».

Paca se escapó en cuanto tuvo oportunidad, pero cuando llegó a casa, a llorar sus penas, su madre, «que estaba aleccionada», cuenta, llamó a la policía del Patronato, que la devolvió al mismo reformatorio del que había huido, en el que, nada más llegar, vio venir las tijeras que pretendían cortarle el pelo al cero: «Venga, valientes, cortadme el pelo, les dije; y no me cortaron el pelo, pero me metieron en una celda en la que no me podía poner tumbada ni de pie; no sé el tiempo que estuve allí, pero creí que allí me moría, sin saber cuándo era de día ni de noche ni cuántos días habían pasado».

«Los perros destrozaron a dos»

Las monjas tenían perros para controlar que las chicas secuestradas en aquellas madrigueras del desatino no pudieran escapar.

Paca explica la segunda vez que intentó volar de aquel abismo: «Yo vi que era muy difícil escapar, porque las monjas se ponían una aquí y otra allí, con un perrazo cada una, pero sí me di cuenta al tender la ropa de que la valla estaba muy alta por delante, pero por detrás era la sierra, era salir corriendo, y allí empecé a hacer proselitismo: dos meses convenciendo a las chicas de mi clase de que nos teníamos que ir todas… y en abanico, porque los perros solo podían coger a dos«.

Saltó la valla y salió corriendo, «pero oí que muchas saltaban, escuchaba el jaleo y cómo los perros destrozaron a dos, cómo chillaban las pobres y lo que estábamos pasando». A Paca y sus compañeras se les hizo de noche corriendo por la Sierra de Madrid y llegaron a ese punto en el que ella decidió que se separaban.

Estar «completa» o «incompleta»

Estar completa o incompleta significaba ser virgen o no. A Paca la llevaron a las Adoratrices de Zamora, porque, aunque incompleta, tenía un historial de fugas que le llevó, dice, a las peores monjas de la época: «sibilinas, malas que no lo podéis imaginar, convencidas de cómo hacer de nosotras mujeres del Régimen, sumisas, devotas y obedientes, y para eso tenían que anularnos, darnos la vuelta como a un calcetín, destruirnos, y cuando nos tuvieran destruidas era cuando nos podían dar una mano o una caricia para levantarnos, y eso no lo conseguían con todas, pero sí con muchas».

Tanto en Villalba como en Zamora, a Paca la levantaban de madrugada, como a todas sus compañeras, para lavarse en un patio rompiendo el hielo con su camisón puesto, sin que se les pudiera ver un ápice de piel. Si al lavarse se les veía alguna parte de su cuerpo, estaban castigadas sin desayuno, comida o cena.

Muertas de frío y de hambre, sin visitas, cartas ni llamadas

«Estábamos muertas de frío y de hambre, porque casi siempre se nos veía algo; siempre castigadas sin visitas, sin cartas ni llamadas, y con una explotación laboral tremenda, porque cosíamos diez horas y al mismo tiempo que cosíamos, rezábamos siempre. No nos dejaban hablar entre nosotras. La única conversación que podíamos tener con una compañera era ‘Bendito sea el Santísimo Sacramento del altar’, y te contestaba la otra: ‘Por siempre sea bendito y adorado’, esa era toda nuestra conversación».

A estas mujeres se las trasladaba al manicomio de Ciempozuelos si se les encontraba hablando de cualquier otra cosa que no fueran estas frases hechas con otra compañera. La acusación era lesbianismo, que el franquismo consideraba que había que curar con medicación y electroshock.

Las que se escapaban, buscando cómo llegar a otro lugar lejos de donde se las maltrataba, sufrían los abusos de los transportistas a los que pedían ayuda para huir.

«Las guardianas del orden y la moral»

En estos tiempos del abuso incondicional existían las «guardianas del orden y la moral». Estas eran individuas que cobraban por vigilar a sus semejantes.

«Se metían por las discotecas, los parques, los cines, por todos los sitios, y donde ellas consideraban que había una chica ‘en riesgo de caer’, nos denunciaban, nos metían en un coche y nos llevaban», cuenta Paca, «sin haber cometido un delito, sin habernos leído ningún derecho, que no había, sin juicio y sin nada de nada, te llevaban a un reformatorio del Patronato; le quitaban la tutela a tus padres sin pedirles permiso».

Paca, que era una chica «en riesgo de caer», ya solo dependía del Patronato, y llegó embarazada al CDC, así que su destino fue Peñagrande, «el terror de los terrores», donde vio lo peor, porque la mayoría de las menores de edad que allí acababan estaban embarazadas de sus padres.

En «la dolorosa», que era la sala a la que se llevaba a parir a las adolescentes embarazadas, «de donde no bajaban los niños ni los cadáveres», se les obligaba a rezar: «Lo siento, me arrepiento, no lo volveré a hacer, soy una puta y una descarriada, una golfa y una sinvergüenza». Porque, les decían «no te acuerdas de lo bien que te lo has pasado antes, y si no, te pongo un espejo y ves cómo pare una perra».

Paca vio cómo al bebé de una compañera de clase de quince años que murió durante una noche de alaridos, y al que se suponía muerto, se lo llevó una pareja. «A la mañana siguiente, los padres de esta chica se llevaron en un coche fúnebre el cadáver de la hija, pero el del niño no, porque a ella la iban a enterrar en el pueblo y en el pueblo no sabían que la niña estaba embarazada. Las monjas les dijeron que no se preocuparan, porque al bebé lo enterraban ellas.

Pero a ese niño, cuenta Paca, que aquel día fregaba aquel pasillo, se lo llevó esa mañana una pareja que tenía un Mercedes enorme en la puerta.

La fotografía de portada ha sido compartida por Yolanda Morales, hija de una de aquellas víctimas, en Facebook.

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