PATRICIA ANDREA GARCÍA – VALLADOLID
Hemos pasado de que lo que más nos preocupaba a la ciudadanía era la ocupación de casas —un fenómeno para el que se crearon oficinas específicas de información y denuncia, que, por cierto, creo que trabajan menos que los Reyes Magos— a descubrir que el verdadero problema es otro: no hay casas para alquilar ni para comprar a precios asequibles y las administraciones siguen sin hacer nada suficiente para solucionarlo.
También nos preocupa la inmigración. Es cierto que lo que ocurre en Ceuta se sale de toda norma y merece un análisis serio, pero la inmigración no es, por sí misma, un problema. En Castilla y León es, además, una necesidad. Ordenada, regulada, con derechos y obligaciones, como se quiera plantear, pero necesitamos personas que cubran las vacantes que existen, personas que trabajen, coticen y sostengan sectores que, de otro modo, tendrán cada vez más dificultades para sobrevivir. Porque necesitamos personas. Y no solo para trabajar en nuestras empresas. ¿Quién va a cuidar de nosotros cuando lo necesitemos? ¿Quién trabaja en el sector de los cuidados?
De los creadores de las alarmas y los miedos de color verde diccionario, llega nuestro nuevo protagonista: el absentismo
Y ahora, de los creadores de las alarmas y los miedos de color verde diccionario, llega nuestro nuevo protagonista: el absentismo. Nos lo ponen en las portadas de los periódicos, ocupa tertulias y se ha convertido en el tema laboral del día. Y, como casi siempre, vamos a analizarlo desde el punto de vista empresarial: el absentismo como el gran problema de nuestra economía, como si detrás de cada baja laboral hubiera una persona trabajadora que ha decidido levantarse una mañana y decir: “Hoy no me apetece trabajar”.
Empecemos por el principio. Absentismo, en sentido estricto, es la ausencia injustificada del puesto de trabajo. Y una ausencia injustificada puede tener consecuencias laborales, incluido el despido en determinados supuestos.
Aquí me dan ganas de hablar de Sus Señorías, esas personas que votan en contra de subir el SMI pero que, en ocasiones, no pisan el hemiciclo más que a ratos y sin que nadie les descuente el sueldo. Pero no voy a entrar en estas pequeñas anécdotas democráticas. Porque el problema viene cuando metemos en el mismo saco cosas que no son lo mismo.
Escuchamos constantemente expresiones como “se ha cogido la baja”, como si una baja médica fuera comparable a cogerse un día libre para irse a la playa
En las cifras empresariales de absentismo aparecen, por ejemplo, derechos reconocidos legalmente, como los permisos de maternidad y paternidad. Derechos establecidos en nuestro ordenamiento jurídico que, de repente, pasan a formar parte de una estadística presentada como si fueran un agujero negro de nuestra economía.
Pero llegamos al punto más doloroso: las bajas laborales por enfermedad. Las personas trabajadoras vamos al centro de salud, explicamos lo que nos ocurre y si el médico considera que no podemos trabajar, nos da una baja. Sin embargo, escuchamos constantemente expresiones como “se ha cogido la baja”, como si una baja médica fuera comparable a cogerse un día libre para irse a la playa.
Analicemos entonces qué hay detrás de esas bajas. Empecemos por la prevención de riesgos laborales. Si en una empresa, en un puesto concreto o realizando determinadas tareas se producen de manera recurrente lesiones y bajas laborales, quizá el problema no sea que las personas trabajadoras “faltan demasiado”.
Quizá, simplemente, haya personas trabajando en condiciones que terminan enfermándolas
Quizá haya un problema de prevención. Quizá haya puestos mal diseñados. Quizá haya ritmos de trabajo excesivos. Quizá haya cargas físicas que no deberían existir. Quizá haya problemas ergonómicos. Y quizá, simplemente, haya personas trabajando en condiciones que terminan enfermándolas.
Y pongamos otro ejemplo. Una persona tiene una rotura de menisco. Acude a su centro médico. Le dan una baja porque no puede realizar su trabajo. Le derivan al especialista y pasan meses hasta que recibe atención. Ocho meses, por ejemplo. Mientras tanto, la mutua llama y le dice que tenga paciencia.
¿De verdad podemos llamar a eso absentismo o estamos hablando de un problema de salud pública, de listas de espera, de gestión sanitaria y de un sistema de mutuas que, en demasiadas ocasiones, parece tener más interés en controlar la duración de una baja que en resolver aquello que la está provocando?
Hablemos de la salud mental. Hablemos de las condiciones de trabajo. Hablemos de las listas de espera. Hablemos de las mutuas. Hablemos de los permisos legales.
Porque aquí está la cuestión que parece que se nos olvida: una persona enferma no está faltando al trabajo; está enferma. Y si queremos hablar seriamente de absentismo, hablemos de todo. Hablemos de las ausencias injustificadas. Hablemos de las enfermedades profesionales. Hablemos de los accidentes laborales. Hablemos de la prevención. Hablemos de la salud mental. Hablemos de las condiciones de trabajo. Hablemos de las listas de espera. Hablemos de las mutuas. Hablemos de los permisos legales.
Y, sobre todo, desglosemos los datos. Porque en algunos artículos se habla de decenas de miles de millones de horas asociadas al absentismo, pero no siempre se explica con claridad qué parte corresponde a enfermedad, qué parte a derechos laborales, qué parte a ausencias injustificadas y cómo se ha realizado exactamente ese cálculo.
Y, curiosamente, tampoco parece que exista el mismo entusiasmo mediático cuando hablamos de los 129,5 millones de horas extraordinarias que se realizan al año sin pagar ni compensar. Ahí ya no hay tantas portadas. No parece que exista una emergencia nacional. No se habla tanto de productividad. Y, sin embargo, estamos hablando de millones de horas de trabajo realizadas por personas que no reciben la correspondiente compensación.
Seguimos sin preguntarnos por qué hay trabajos que enferman, por qué hay empresas que no encuentran trabajadores, por qué los salarios no permiten vivir dignamente, por qué no tenemos suficientes viviendas asequibles, por qué tenemos listas de espera interminables
Pero el problema es la baja productividad. El problema es el absentismo. El problema son los salarios demasiado altos. El problema son las personas que se ponen enfermas. El problema son los permisos. El problema son los inmigrantes. El problema son los okupas.
Y mientras tanto, seguimos sin preguntarnos por qué hay trabajos que enferman, por qué hay empresas que no encuentran trabajadores, por qué los salarios no permiten vivir dignamente, por qué no tenemos suficientes viviendas asequibles, por qué tenemos listas de espera interminables y por qué una persona puede tardar meses en recibir tratamiento para una lesión que le impide trabajar.
Quizá el problema sea que llevamos demasiado tiempo buscando culpables en lugar de buscar las causas. Porque cuando una sociedad tiene personas trabajadoras enfermas, viviendas inaccesibles, salarios que no llegan, jornadas que no permiten vivir y servicios públicos que no responden a tiempo, señalar al que está de baja es muy cómodo. Lo difícil es mirar al sistema y preguntarse qué estamos haciendo mal. Y lo fácil, que nos acomodemos en populismos verde diccionario.
Pero ya sabemos cómo funciona esto.
Primero nos dijeron que el problema eran los okupas.
Después, los inmigrantes.
Ahora, los trabajadores que se ponen enfermos.
Mañana ya encontraremos otro culpable.
