GLORIA REGUERO – VALLADOLID
Hace algún tiempo, una mujer de edad avanzada me preguntó a qué me dedicaba. Soy artista, le dije sin pensarlo mucho. La señora me miró de arriba abajo, se detuvo en mi cara y frunció el entrecejo muy atenta, como para asegurarse, antes de responderme, amable pero resuelta: ¿Artista vas a ser tú? ¡Artista es Concha Velasco!
Pensé que la señora no sabía mucho de arte, pero no me pareció oportuno darle más explicaciones, así que sonreí y no dije nada. La anécdota no tendría mayor importancia si no fuera porque he sentido exactamente eso mismo en otras ocasiones, con cargos públicos y personal del Ministerio de Cultura, con los mediadores y abogados que negocian el desarrollo del mal llamado “Estatuto del artista», e incluso con varios ministros.
Coincidió que, por esa misma época, un aguerrido funcionario de la Seguridad Social también me dijo muy serio que yo no era artista y me cuesta un poco no enfadarme cuando oigo esta negación sobre mi propia identidad, sobre mi profesionalidad, después de más de 20 años de actividad, formación, exposiciones, carnets internacionales y asociaciones, pero aquel funcionario, en su mundo, administrativo y formal, tenía razón.
Yo no soy artista porque según los epígrafes de Actividades Económicas, son artistas los actores y actrices, los intérpretes musicales y, a veces, hasta los futbolistas o los toreros, pero no los pintores, escultores, ceramistas o fotógrafos
Yo no soy artista porque según los epígrafes de Actividades Económicas, son artistas los actores y actrices, los intérpretes musicales y, a veces, hasta los futbolistas o los toreros, pero no los pintores, escultores, ceramistas, fotógrafos… No los creadores. Nosotros somos profesionales, como los médicos o los abogados, por ejemplo, aunque nadie vaya a contratar nunca nuestros servicios. Según esta categorización, que para desgracia de investigadores y estudiosos está reñida con la clasificación nacional de actividades económicas (CNAE) y con su correspondencia internacional (NACE), los creadores somos “profesionales” en el momento que nos damos de alta en el IAE -antes ni eso-, pero no
somos “artistas.
Se define como “profesional” a la persona que ejerce una profesión y como “profesión” la actividad habitual de una persona, para la que generalmente se ha preparado, y por la que tienederecho a recibir una remuneración o salario.
Las dificultades de clasificación y las propias características del sector impiden obtener datos fiables sobre el número de personas que se dedican de forma prioritaria o regular a la producción artística en España, pero se estima que hay unos 24.000 artistas visuales “profesionales”. Si incluimos a los que nunca se han dado de alta como autónomos en actividades artísticas y a los que no hacen exposiciones comerciales, esa cantidad podría superar los 60.000, de los cuales una inmensa mayoría nunca podrá
acceder a las estructuras normalizadas de lo que se consideraría un sector profesional: clasificación de puestos y perfiles profesionales, normas y procesos de calidad o salud laboral, convenios colectivos o estructuras organizativas comunes, como sindicatos, por ejemplo.
Casi siempre es fácil reconocer al artista en una exposición: es el que no cobra
En portales globales de comercialización de arte contemporáneo, aparecen listados hasta 130.000 artistas ubicados en España, pero apenas el 21% de ellos expone regularmente y, cuando lo hacen, además de los gastos de producción, asumen en muchos casos los de transporte, seguros, enmarcado y hasta los de comunicación. Hay espacios en los que los artistas incluso pagan por exponer sus obras.
Casi siempre es fácil reconocer al artista en una exposición: es el que no cobra. Cobra la empresa o la persona que puso los marcos, la que hizo el montaje, el transporte, el seguro, el catálogo, la persona que asiste la sala y la que hace la limpieza, pero el o la artista no cobra o, para cobrar, tiene que recurrir a trucos como comisariar su propia exposición —no cobra como artista, pero cobra como comisario— y subterfugios similares.

El resultado en estos casos es que la persona artista, que como profesional debería tener un contrato escrito y cobrar derechos de exhibición —que son derechos de autor, al fin y al cabo— pone la obra y corre además con la mayoría de los gastos, asumiendo funciones que, según el artículo 44 de la Constitución Española, corresponden a los poderes públicos, como la promoción y tutela del acceso a la cultura. El o la artista se convierte así en un auténtico mecenas que, sin embargo, no recibe a cambio un tratamiento fiscal favorable. Muy al contrario, lo habitual es que la persona que se dedica al arte ni siquiera se pueda desgravar sus propios gastos, su taller, sus herramientas y materiales, porque no se puede permitir mantener un alta en actividades económicas y seguridad social.
Hay creadoras y creadores reconocidos hoy que, sin embargo, no perdurarán y gente hoy ignorada que posiblemente esté produciendo nuestro patrimonio de mañana
Entonces, ¿qué entendemos por ARTISTA PROFESIONAL? ¿Qué hace a un artista artista? ¿La actividad que realiza? ¿La formación adquirida? ¿La experiencia? ¿El reconocimiento? ¿El alta formal en una actividad profesional concreta? ¿La remuneración recibida por su actividad? Hay artistas con una formación brillante en academias prestigiosas y facultades de bellas artes que nunca serán “artistas” y otras personas que lo son, pero nunca serán reconocidas. Hay creadoras y creadores reconocidos hoy que, sin embargo, no perdurarán y gente hoy ignorada que posiblemente esté produciendo nuestro patrimonio de mañana. Hay artistas que trabajan sin más remuneración que la promesa de un reconocimiento y las hay relegadas al olvido después de dejar su nombre en los libros de texto o liderar
movimientos y tendencias. Hay muchas, muchas personas artistas que, independientemente de su formación, su experiencia, su dedicación e incluso su reconocimiento, nunca consiguen vivir de su arte.
Según las estimaciones más optimistas, sólo el 12% de los creadores y creadoras consigue mantenerse con la venta de su obra artística mientras que el 88% restante depende de otras actividades para vivir y, por supuesto, para mantener su actividad creativa: su taller, herramientas, materiales…. Otras estimaciones menos optimistas llegan a tasar el número de artistas visuales que viven de su trabajo en no más del 3%.
Depender de otra actividad tiene consecuencias evidentes de falta de dedicación, de tiempo, de recursos económicos, de espacio… consecuencias que empeoran notablemente si se trata de una mujer que, con frecuencia, ha de responsabilizarse además de los cuidados, la casa y la familia. La dependencia de otra actividad hace que, ya de entrada y en el mejor de los casos, la obra se vea condicionada en tamaño, calidad, materiales, preparación y hasta idea. Si quiero hacer una gran escultura, por ejemplo, necesitaré un gran taller, que no será barato, y costosos materiales que de alguna manera tendré que financiar. En cualquier caso, para desarrollar mi actividad artística de forma óptima, también necesitaré formación, investigación y ciertos conocimientos del mercado, asistencia a ferias y actividades similares…, experiencia que no podré adquirir si tengo otro trabajo a tiempo completo.
La producción artística se ve limitada por la falta de recursos o restringida a personas que dispongan de capital o rentas suficientes para soportar extensos periodos de producción sin ingresos
De este modo la producción artística se ve limitada por la falta de recursos o restringida a personas que dispongan de capital o rentas suficientes para soportar extensos periodos de producción sin ingresos que podrían ser de 2 ó 3 años, la duración media de un proyecto expositivo. Dicho de otra manera, la producción artística estaría reservada a personas que tuvieran recursos suficientes para vivir sin trabajar. Pero eso tampoco es ser profesional; es simplemente reducir el talento de nuestra sociedad y reservar la actividad artística a unas élites que, probablemente, no serán seleccionadas precisamente por su excelencia.
Incluso la percepción misma de la actividad artística, y con ella su reconocimiento, se ven perjudicados por esta situación: el arte pasa a relacionarse más con el ocio, se ve más como un hobby o como un pasatiempo que como una profesión, y aquí está el origen del problema, porque ¿cómo profesionalizar una actividad por la que no se obtiene un rendimiento económico suficiente? ¿Cómo considerarla la actividad principal y no una ocupación accesoria o complementaria?
Muchos jóvenes, e incluso algunos adultos, cuando oyen hablar de “artistas” piensan automáticamente en Goya, Velázquez o El Greco. Parece que el primer requisito para ser artista fuera estar muerto (el segundo es ser hombre, pero de eso mejor hablamos otro día). La realidad, sin embargo, es que las y los artistas están vivos y abundan en nuestro entorno. La mayoría sufre unas condiciones que dificultan su trabajo y, por ende, su profesionalización, pero siguen ahí, trabajando y considerándose, por
encima de todo, artistas.
Los y las artistas visuales creamos cultura, creamos belleza, creamos conciencia y creamos
memoria
Los y las artistas visuales creamos cultura, creamos belleza, creamos conciencia y creamos memoria. Todo el mundo conoce Guernica y, más o menos, sabe lo que ocurrió allí. Mucha menos gente conoce la Desvandá, aunque hubo muchos más muertos. ¿La diferencia? Picasso pintó el Guernica; no pintó la Desvandá. El arte crea memoria colectiva y sin artistas, perdemos parte de nosotros mismos.

Pero también creamos patrimonio y, por supuesto, creamos riqueza. Sí, creamos riqueza, creamos puestos de trabajo en actividades directas o complementarias, creamos atractivo turístico —Madrid es la ciudad española con más visitantes y no tiene playa—. Ahí están las colas de los museos, ahí está el Reina Sofía —en el Paseo del Arte de Madrid—, ahí está el Guggenheim de Bilbao, transformando la ciudad desde 1997, convirtiendo un espacio industrial en declive en un referente cultural y turístico mundial, generando ingresos milmillonarios y ahora complementado por la última ampliación del Museo de Bellas Artes; está Málaga, con sus más de 30 museos y pinacotecas (Museo Picasso, Centre
Pompidou, Museo Carmen Thyssen…); el recientemente inaugurado Faro de Santander, frente al Centro Botín; y así podríamos seguir con ejemplos donde el arte genera una riqueza de la que se benefician ciudades, regiones y estados.
Con frecuencia, se da por hecho que nos dedicamos al arte “porque nos gusta” y que el simple reconocimiento que obtenemos al mostrar nuestra obra es suficiente remuneración
Mejoramos nuestra sociedad, creamos riqueza… pero tenemos que tener otro trabajo para vivir. Llenamos los museos, pero no somos —no podemos ser— industrias culturales, casi ni siquiera trabajadores autónomos, porque como no cobramos… Producimos y exhibimos nuestro trabajo, pero cuando lo hacemos raramente obtenemos un rendimiento económico por ello. Con frecuencia, se da por hecho que nos dedicamos al arte “porque nos gusta” y que el simple reconocimiento que obtenemos al mostrar nuestra obra es suficiente remuneración.
La remuneración real viene cuando vendemos obra, pero ¿cómo vender en un mercado cada vez más difícil, donde el arte es cada vez menos valorado? Si el arte no se aprecia en su justa medida, si no se valora, si el cliente potencial no diferencia una obra de arte de un producto de entretenimiento o de un objeto meramente decorativo, si prefiere ver un magazine en TV que ir a una exposición, ¿para
qué profesionalizar la actividad artística? ¿Para qué mantenerla?
Y aquí viene la segunda parte del problema, no menos importante que la primera: En el mundo en que vivimos, si queremos profesionalizar la actividad artística tendrá que haber un mercado que demande las obras que creadores y artistas producen. Pero ¿cómo se genera o se fortalece ese mercado? Se me ocurren dos respuestas igualmente indispensables que se resumen en una sola: generar demanda, interna a través de una educación que reconozca y valore el arte contemporáneo, y externa a través de medidas de internacionalización, pero sobre todo eliminando los obstáculos que ahora mismo le ponemos a la venta de nuestra producción.
No se valora un grabado de Goya o uno de Durero si no se distinguen de una mala fotocopia
Es necesario el reconocimiento de la cultura en función de su papel en la sociedad; es necesario un sistema que la considere lo que es: un bien de primera necesidad sin el cual nunca seremos una sociedad desarrollada; y es necesario recuperar la educación artística en las enseñanzas regladas, porque lo que no se conoce no se puede valorar. No se valora un grabado de Goya o uno de Durero si no se distinguen de una mala fotocopia.
Sobre los obstáculos que nuestras administraciones le ponen a la venta de nuestra producción artística, a su competitividad, solo hay que ver el tema del IVA. El mercado del arte en España sigue lastrado por un IVA general del 21%, mientras que países de nuestro entorno ya han transpuesto la Directiva de la UE 2022/542 bajando sus tipos hasta el 5% o 7%.
Italia atrae operaciones tras su drástica reducción del 22% al 5% de IVA; Francia se constituye como uno de los principales HUBs europeos con un 5,5% que se aplica a ventas e importaciones; Portugal aplica e 6%, Alemania el 7%;… Más allá de las fronteras europeas, en EEUU el impuesto equivalente (Sales Tax) varía en los distintos estados. Estados como Delaware, Montana, Nuevo Hampshire y Oregón no aplican impuestos sobre la venta de arte, otras ciudades o estados aplican tasas entre el 4% y el 10%. Si vamos a Oriente, Hong Kong aplica un 0% de IVA o aranceles en la compra, venta e importación de arte, Singapur grava las ventas con un 9%, Japón o Corea de Sur con un 10%, aunque esta última tiene una exención total para obras por debajo de los 45.000$, y China, grava las obras de arte originales con el tipo general de IVA del 13%, todavía 8 puntos más bajo que el español.
Esta desigualdad de tipos impositivos genera graves dificultades en la competitividad de las artes visuales españolas: aislamiento en ferias internacionales, no solo en el extranjero, sino en eventos
celebrados dentro del territorio nacional como ARCO Madrid. Las galerías españolas compiten en desigualdad frente a las extranjeras que facturan desde países con impuestos mucho más bajos.
También produce fuga y deslocalización de capital: un coleccionista o un inversor, tanto internacional
como español, tiene incentivos financieros evidentes para adquirir o importar obras a través de hubs como París o Milán antes que en España. Adiós al volumen de negocio, adiós a la riqueza generada por el sector. Por último, la desigualdad también lleva a un estancamiento crónico del mercado: la evidente desigualdad de precios y costes desfavorable para España hace que la participación de nuestro país en el mercado global del arte permanezca estancada en un residual 1% desde el año 2009 y que no haya conseguido recuperarse del retroceso sufrido durante la pandemia.
Los múltiples problemas que afectan a los artistas desde los ámbitos social, laboral, económico, educativo o fiscal construyen un escenario complejo de innegable excepcionalidad
Los múltiples problemas que afectan a los artistas desde los ámbitos social, laboral, económico, educativo o fiscal construyen un escenario complejo y particular que, por sí mismo, constituye la innegable “excepcionalidad” que caracteriza esta actividad y de la que todas las administraciones, porque todas tienen competencias que nos afectan, deberían ser conscientes.
Ante la Administración Central, la asociación de Artistas Visuales Agrupados (AVA) de Castilla y León ha planteado, a través de la Unión de Artistas Contemporáneos de España, numerosas propuestas que finalmente se concentraron en tres medidas “de mínimos” para paliar la situación de los artistas visuales: La posibilidad de deducción fiscal de los gastos incurridos en el desarrollo de la actividad artística y la asunción por parte del Estado de la cotización a la Seguridad Social de los artistas que no consigan unos ingresos equiparables al salario mínimo interprofesional.
Pedimos que los y las artistas puedan vender obra al margen de la situación fiscal en la que se encuentren, con las correspondientes retenciones. La alternativa a esta medida sería la creación de un salario profesional mínimo a cargo del Estado, como ya existe en otros países, que se cuantifique individualmente y se estudie en colaboración de las asociaciones profesionales.
Y por último, que las artes visuales tengan remuneración adecuada y formalizada por escrito, tanto en lo que se refiere a propiedad intelectual como a derechos de exhibición, en administraciones públicas y organizaciones que obtengan un rendimiento social y/o económico con el trabajo de los artistas.
Ante la Administración regional, AVA ha solicitado una reunión con el consejero de cultura de Castilla y León, José Alberto Díaz, que tendrá lugar en breve; redactado un Manifiesto por unas artes visuales fuertes, dignas y con futuro en Castilla y León, con ocho medidas concretas para mejorar las políticas culturales de nuestro territorio y ha organizado una recogida de firmas que ya suma casi 700 firmas verificadas.
Solucionar los problemas de las artes visuales requiere un cambio profundo y una perspectiva diferente de la habitual. Requiere reconocer el “interés social” o “interés general” de la actividad, tener en cuenta la excepcionalidad de este sector y llevar esa excepcionalidad a las políticas de todas las administraciones, a una legislación específica para los creadores visuales, a las normas fiscales, de seguridad social, desempleo, pensiones, derechos de autor y a las políticas de fomento y protección de la creación de cada comunidad autónoma o cada ayuntamiento.
Requiere también escuchar al sector. Sólo así se garantizaría el efecto de cualquier medida de apoyo a la creación y a los creadores, medidas a las que la mayor parte de los artistas ni siquiera pueden acceder actualmente. Sólo así conseguiremos ingresos suficientes —ya sea por venta de obra, exhibición u otros derechos de autor— para “profesionalizar” la actividad, y solo después podremos plantearnos qué requiere alguien para ser profesional, qué formación, qué significación, qué experiencia… y cómo reconocer a un profesional y diferenciarlo de aquellos que no lo son.

