Adicciones en la oficina: el reto de abordar un problema de salud que también tiene género

Adicciones en la oficina: el reto de abordar un problema de salud que también tiene género

UGT Castilla y León publica una guía preventiva contra la estigmatización en las empresas basada en las actitudes de mujeres y hombres

Penalizadas y estigmatizados, los y las trabajadoras que consumen sustancias adictivas intentan compensar con lo que consideran remedios a sus desasosiegos los innumerables síntomas del estrés, la ansiedad, la presión laboral y empresarial o las dificultades para llegar a fin de mes o conciliar sus vidas con la exigencia de sus empleos para acelerar su desempeño, mientras compaginan con sus propias emociones las miradas ajenas. En ocasiones, no pocas, estas son culpabilizadoras, punitivas, jocosas o ridiculizadoras, lo que no solo no mejora la percepción del o la empleada sobre sí misma, sino que ahonda en su enfermedad.

Así describe la Guía “Salud Laboral, Género y Adicciones” que UGT Castilla y León presentaba esta semana con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, la realidad de las adicciones de los trabajadores que se manifiestan en su entorno laboral: no se trata de un vicio; se trata de una enfermedad, y el objetivo de la guía es concienciar, prevenir y ayudar para superar esa barrera, trasnochada y dolorosa.

La guía pretende ser un camino para la sociedad y para el entorno laboral más cercano a estas personas acerca de estos problemas de salud, pero sobre todo, una herramienta para que las delegadas y delegados sindicales puedan abordar en los centros de trabajo los problemas de salud mental generados por riesgos psicosociales, desigualdades de género y falta de prevención integral eficaz.

Las mujeres sufren en silencio las convenciones sociales

Todos estos factores combinados provocan un gran impacto en la salud de las mujeres trabajadoras y se asocian no solo a las adicciones, sino incluso a los suicidios. En ello incide Victoria Zumalacárregui, secretaria de Igualdad y Políticas Sociales del sindicato, que resume el enfoque de la guía en tres aspectos fundamentales: considerar las adicciones desde una óptica sanitaria y no punitiva, considerar la salud mental como uno de los riesgos del siglo XXI y aplicar la perspectiva de género de forma obligatoria en todas las evaluaciones.

Los datos demuestran que los riesgos están claramente diferenciados por sexo y género. En el caso de los hombres, sienten el mandato de la masculinidad tradicional: fortaleza, invulnerabilidad, dominio, valentía, lo que favorece el consumo como demostración de “coraje”. De este modo, se normaliza el riesgo —explica la guía—, puesto que para los hombres el alcohol y las drogas son parte de la socialización, el ocio nocturno, el trabajo o la práctica del deporte. La pertenencia al grupo está vinculada al consumo y les resulta más difícil pedir ayuda, especialmente ayuda profesional.

Las mujeres son más sociables emocionalmente, con mayor tendencia a internalizar su malestar, su ansiedad, su tristeza, y utilizan estas sustancias como estrategia de afrontamiento. Sienten el «mandato de cuidado» que lleva siglos imponiéndoles la sociedad sobre su familia, pareja e hijos y ocultan el consumo para no «fallar» en ese rol. Su progresión en la adicción es más rápida por factores biológicos y sienten en mayor medida el estigma, que temen, de modo que disimulan su consumo en solitario.

Así pues, las condiciones de trabajo afectan de forma diferente, y más incisiva, a la salud física y mental de las mujeres trabajadoras, que consumen tranquilizantes, alcohol u otras sustancias de forma invisible, en silencio, puesto que sienten que es más fácil que se les juzgue, y de forma más inclemente, bajo el parámetro de la mujer perfecta, la madre perfecta o la cuidadora ideal, que debe ser inmune al agotamiento.

Zumalacárregui subraya que la intensificación de los ritmos de trabajo, la precariedad y las nuevas relaciones laborales están provocando un “aumento preocupante” del estrés, ansiedad, ‘síndrome de estar quemado, agotamiento o, en inglés, burnout‘, que llevan al consumo problemático de sustancias. «La salud mental ya no es un asunto privado, sino un riesgo laboral”, afirma, y las adicciones deben tratarse como una enfermedad porque “se relacionan directamente con las condiciones de trabajo y la organización empresarial, pero también con la falta de un enfoque adecuado y la necesidad de más recursos preventivos”.

Los «riesgos laborales» no son solo tropezar en un escalón

La guía recuerda que la Ley de Prevención de Riesgos Laborales obliga a las empresas a proteger la salud de toda la plantilla, lo que incluye una evaluación de riesgos con perspectiva de género, y que los riesgos laborales van más allá de tropezar en un escalón. También la doble jornada y la carga mental son factores de riesgo que, una vez más, afectan más a las mujeres trabajadoras, lo que provoca una normalización de la automedicación.

La invisibilidad y la estigmatización social de las mujeres consumidoras las llevan a retrasar la solicitud de ayuda, pero es que, además, ellas son mayoría en los sectores con empleos más precarios.

La perspectiva de género en la prevención de riesgos laborales, insiste UGT, es una obligación para garantizar entornos laborales seguros, igualitarios y capaces de detectar precozmente situaciones de riesgo, sobre todo psicosociales, que puedan provocar una adicción.

En todo ello es fundamental el papel de los representantes de los trabajadores como mediadores y acompañantes en el proceso de prevención, intervención, acompañamiento y retorno al puesto de trabajo en caso de baja laboral, además de la negociación colectiva, que debe garantizar este proceso a través de protocolos o planes de acción más allá de la vertiente asistencial y protectora.

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