ALMA TRABAJOS – BARCELONA
Tenemos en España aproximadamente 9 millones de personas mayores de 65 años. A esa edad, la inmensa mayoría ya abraza la experiencia de la crianza en segunda generación. Sin embargo, detrás de las cifras se esconde una realidad estructural: miles de abuelas y abuelos cuidan de sus nietos de manera habitual, asumiendo una carga que a menudo debería corresponder a la conciliación laboral y a los servicios públicos.
Cada 26 de julio (hoy mismo), el calendario nos invita a celebrar el Día de los Abuelos. Las redes sociales se inundan de fotografías idílicas, paisajes de nostalgia y textos donde los nietos describen un amor incondicional por ellos. Al leerlos a tanta distancia pero con mi alma en Castilla y León (aunque reniegue tanto de esa tierra), de vez en cuando me siento incómoda al sentir que en mi memoria esos recuerdos no se parecen a los relatos de post de Instagram.
Apenas guardo fotografías con mis abuelos. No acumulo anécdotas compartidas y a veces me cuesta conectar con esa sensibilidad que otros expresan. Al principio me culpaba por ello pero entendí que ese sentimiento de herencia no tiene que medirse necesariamente en abrazos cada día o cada semana, sino que hay esperas que también pueden marcarte y hacerte la persona que hoy eres.
Soy la que soy gracias a ese árbol genealógico. Sé bailar sevillanas porque fui a clases durante años para complacer a mi abuela Nati, la cordobesa. Me imaginaba siendo bombera cuando bajaba por la barra del viejo parque de bomberos de León donde trabajaba mi abuelo Venancio. Comparto la misma herencia física y el carácter dócil de mi abuela Manuela. Y, sobre todo, soy profundamente antifascista y defensora de la memoria democrática como mi abuelo Antonio.
Hoy miro a la sociedad y me preocupa cómo gestionamos el cuidado de nuestros mayores. A veces convertimos la solidaridad familiar en un abuso invisible
Hoy miro a la sociedad y me preocupa cómo gestionamos el cuidado de nuestros mayores. A veces convertimos la solidaridad familiar en un abuso invisible. Es decir, que yo soy madre pero tú, madre mía, has de “comerte a mis hijos”. Al final lo que hemos asumido es que en este país no hay políticas de conciliación de verdad. Y menos si os preguntamos, lectores, si las hay con perspectiva feminista. ¿Alguien tiene un argumento sólido sobre esto?
Sostener la vida no debería hacerse a costa del derecho al descanso de una generación que ya lo ha dado todo
Aunque muchos de esos abuelos afirman con generosidad que cuidar de los nietos «les devuelve la juventud», me brota por dentro la pregunta sobre cuánto de ese esfuerzo sale de ellos o, más bien, de sus hijos imposibilitados para una crianza con los horarios, turnos, y sistema de trabajo que tenemos en España. Sostener la vida no debería hacerse a costa del derecho al descanso de una generación que ya lo ha dado todo.
Necesitamos abrir canales reales para que los mayores se expresen, se quejen y exijan sus propios espacios de libertad. Aquí abro el melón de la brecha tecnológica, otra falta grave en nuestra democracia.
Así que reivindicar el Día de los Abuelos desde un periodismo social y feminista no es solo subir una foto bonita a Instagram; es exigir que el Estado y las ciudades los traten con la dignidad, el espacio y el descanso que tanto se han ganado.
*Fotografía de José Pintado Baza
