Tú me odias y yo no te entiendo

Tú me odias y yo no te entiendo

FRANCA VELASCO – VALLADOLID

Sea lo que sea y lo llamen como lo llamen a lo que está ocurriendo en Ceuta y lo que Ceuta necesita, no puede ser lo que hemos visto estos días. No pueden ser arengas encendidas a la contra, protagonismos políticos en tono electoralista a voz en grito ni rictus torcidos asomando desde detrás de una bandera.

Sean como sean los errores cometidos, la complejidad de la situación y la desesperación de los ceutíes, sobre los que entiendo que no cabe discusión, la respuesta no puede ser la violencia —gestual, verbal o incluso física— bajo la apariencia de una llamada a la unidad que con convocatorias manifiestamente inútiles y destinadas al manejo de masas, se rompe a pasos agigantados igual que se rompen la convivencia y la fuerza de lo común que tanto necesitamos los ciudadanos y ciudadanas de este país.

Quienes ocuparon atriles, estrados y micrófonos no hicieron sino señalar, dividir y aportar entre cero y ninguna solución al problema. Aportaron, eso sí, un encendedor para prender la mecha del enfrentamiento en un caldo de cultivo ya incendiado

No me cabe duda de que la mayoría de las personas que acudieron al llamamiento lo hicieron desde la honestidad y la preocupación por sus semejantes, pero hubo quienes aprovecharon la multitud para vociferar e incluso agredir y quienes ocuparon atriles, balcones, estrados y micrófonos aprovechando la oportunidad que les daba la presidenta de la Federación de Municipios y Provincias, para señalar, dividir y aportar entre cero y ninguna solución al problema.

Aportaron, eso sí, un encendedor para avivar la mecha del enfrentamiento en un caldo de cultivo ya incendiado, disfrazándolo de una solidaridad que tiene otros oscuros objetivos: derribar, dinamitar y asaltar el poder, en su más miserable acepción.

Desde la Península, a 805 kilómetros, nueve horas y diez minutos, que son los que según Google Maps separan a la Ciudad Autónoma de Valladolid, por deprisa que yo fuera y pronto que llegara, nunca podría ponerme en vuestro lugar, compatriotas de la linde sur, pero tampoco podrían quienes desde cualquier otro punto de esta geografía extensa que somos salieron a las calles a gritar vuestro nombre este miércoles.

Según el Ayuntamiento de Valladolid, en esta ciudad fueron 20.000 personas, pero yo no fui.

Yo no estuve y eso no me sitúa al otro lado de la frontera. Eso no significa que yo no os apoye, que no exija que lo que estáis viviendo termine

Yo no estuve en esa Plaza Mayor abarrotada en la que se desplegó una inmensa bandera de España como una reivindicación de algo, ni sé si de empatía o de otra cosa, de los que estaban al lado y debajo, sosteniendo y apropiándose de una tela roja y amarilla cuyo verdadero significado apuesto que a muchos de los que tanto berrean se les escapa.

Yo no estuve y eso no me sitúa al otro lado de la frontera. Eso no significa que yo no os apoye, que no exija que lo que estáis viviendo termine. Solo significa que estoy dispuesta a poner mi minúsculo granito de arena en lo que sea útil, en lo que, en mi irrelevancia como ciudadana, pueda ayudaros. Pero esto no os ayudaba. En nada.

No olvidéis, ceutíes, españoles, castellanas y leoneses, nacionalistas de todas las comunidades autónomas de esta España que aún sobrevive, que esa bandera es muchos. Es todos. Es también los que no fuimos a sujetarla y aplaudir discursos impostados, porque aunque estemos lejos os sentimos, abominando de telas desplegadas, gestos postizos y cánticos de odio, exigiendo soluciones y no performances.

Esa bandera no es solo tú, que le sacas el dedo medio al periodista de Televisión Española, que probablemente ni sintonizas, pero te han dicho que es del perro

Esa bandera no es solo tú, que le sacas el dedo medio al periodista de Televisión Española, que probablemente ni sintonizas, pero te han dicho que es del perro. Le sacas el dedo, le empujas, le tiras el micrófono al suelo, le insultas, le amenazas, le echas, le acosas y le impides hacer su trabajo, porque has oído que es el enemigo.

Tú te acercas al periodista con tu hijo sobre los hombros y le enseñas al niño, que asiste a la turba en palco de honor y primera fila, lo que es la violencia. Lo que hay que hacer, sí, señor. Lo que él debe aprender, interiorizar y reproducir cuando crezca, para que el mundo sea más humano, con toda la agresividad necesaria para imponer tu opinión. Que de eso se trata, de amedrentar al que piensa otra cosa. Faltaría más.

¿Y yo? Yo soy el periodista al que agredes, con tu hijo sobre los hombros, como buen padre que eres. Veo que tú le odias a él, al periodista, así que también me odias a mí.

Bueno, probablemente a mí me odiarías incluso más, no solo como periodista, sino más aún como mujer libre, como mujer con opinión divergente, como crítica con tus formas y como roja, insultándome hasta el agotamiento. 

Y yo no te entiendo.

Ni el periodista de Televisión Española ni el resto de compañeros que sufrieron el acoso ni yo te entendemos, porque nosotros, por vendidos que fuéramos, por partidarios o no, por humanos o animales, no sabríamos cómo odiarte.

2 comentarios

  1. Gracias, Franca, por transmitir y compartir el agotamiento que sentimos tantos sobre tanto espectáculo de odio, rabia y bilis, dirigido por unos cuantos y alentado por otros tantos.

  2. Jorge Félix Alonso Díez

    Lo triste de la utilización política que se ha hecho, y se esta haciendo, con Ceuta es que no esta dirigido a contribuir a que mejore la situación que están viviendo los ceutís, sino, sólo dirigido a fomentar la espiral del odio.

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