El oscuro encanto de la burguesía política

El oscuro encanto de la burguesía política

Anoche terminaron los tres días de luto por los fallecidos en Urda que no todos respetaron en Castilla y León

En 1972, Luis Buñuel dirigió El discreto encanto de la burguesía. La trama de aquella obra maestra del mágico director de cine turolense se centra en un elitista grupo que se da cita para cenar, vive en su ensueño particular durante todo el metraje mostrando el sinsentido de su conducta, y termina caminando por una carretera hacia ninguna parte. La película, una sátira profunda sobre la desconexión entre el comportamiento de las élites y la realidad ciudadana, ridiculiza la hipocresía, la alienación y la obsesión por las apariencias de los más privilegiados, con sus estrictos rituales sociales que mantienen a toda costa, incluso cuando el mundo a su alrededor se desmorona.

Desgraciadamente, el surrealismo de Buñuel de los años 70 del siglo XX se ha revelado vivo en los últimos días de estos años 20 del siglo XXI, cuando esta semana de tragedia insoportable y luto nacional, la élite de ultraderecha se ha destacado por mantener su tono festivo, agitando furiosamente sus banderas y manteniendo mitin en Valladolid el mismo día del accidente ferroviario en Urda, mientras las enseñas a media asta y el sobrecogido mutismo en cada hogar del país, pendiente de las noticias, se fundían con los minutos de silencio a las puertas de todas las instituciones y la cancelación de los actos públicos previstos, incluidos los de la precampaña electoral de todos los partidos políticos. Excepto los de uno: Vox.

El Tribunal Superior de Justicia, las Cortes, la SEMINCI…

Partidos, instituciones, colectivos sociales y culturales, empresarios, sindicatos y ciudadanía demostraban respeto agachando la mirada al suelo. El Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León guardaba el duelo, las Cortes y el Gobierno autonómicos, la Delegación del Gobierno de España y los ayuntamientos sostenían el sigilo por las víctimas; la Semana Internacional de Cine de Valladolid cancelaba su gala de clausura; todos los organismos conocidos de la comunidad autónoma difundían su pésame mientras los servicios de emergencias rastreaban los vagones buscando supervivientes y cadáveres y el tono de las conversaciones se mantenía casi en susurros, porque aquello superaba cualquier otro interés. Excepto los de Vox.

Abascal —como el refinado embajador de un país corrupto involucrado en el narcotráfico al que daba vida Fernando Rey en la película de Buñuel— y sus adláteres en Castilla y León mantuvieron las arengas previstas sobre el cartel del atril desde el que vociferaban («Prioridades», se leía en el cartel) que hicieron coincidir en la Plaza Mayor de Valladolid con el minuto de silencio por los muertos.

A ese minuto de silencio, como en todas las provincias de la comunidad, asistían cientos de ciudadanas y ciudadanos entre los que irrumpió su grupito de exaltados para gritar los consiguientes insultos («asesino», «hijo de puta») contra ministro de Transportes y Gobierno y corear al impertérrito «¡Santi!», que acababa de bajar de su coche y posó, estirando mucho el cuello y los brazos pegados a ambos lados del cuerpo, en posición militar, con los puños cerrados, los párpados entrecerrados y la mirada perdida en el infinito de su carretera hacia ninguna parte.

Pataleta en Zamora

La agenda de Santi se había esforzado en Castilla y León en esta semana que termina, consciente de que en esta tierra hay mucho campo que sembrar y cosechar. Tenía previsto, y así lo hizo el martes, jactarse en Zamora de su oscuro encanto. Allí, en la capital de Izquierda Unida, se encontró con un pequeño grupo de rebeldes frente al Imperio, como los de La guerra de las galaxias, que reivindicaban la salida de sus barrios de los fascistas.

Santi ordenó de inmediato a su grupúsculo de finísima piel que difundiera la afrenta y consecuentemente la querella presentada contra el subdelegado del Gobierno en Zamora, Ángel Blanco, por haber permitido semejante desatino, pacífico, eso sí, pero incómodo. Sus tentáculos jurídicos acusan a Blanco de supuestos delitos de odio, prevaricación, denegación de auxilio, contra el derecho de reunión y delito electoral.

El luto nacional que el otrora cachorro del Partido Popular se pasó por el forro de sus intereses electoralistas le llevó después al Lienzo Norte de Ávila, donde había convocado otro «gran acto público» con «respaldo multitudinario» durante el que desentonó convenientemente con el resto de la sociedad para cerrar el círculo de su excursión por la comunidad autónoma, porque su deber, dijo, era estar ahí y que nadie suspendiera su campaña electoral: nadie iba a amordazarle.

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