La gente de Tierras Altas, en Soria, pierde al panadero de la comarca vecina que recorría sus pueblos
A veces, lejos de los despachos, hay personas que, a título individual, combaten el abandono del medio rural con el sudor de su frente en verano y atravesando puertos de montaña en invierno. En consecuencia, algunas decisiones personales obligadas por las circunstancias resultan reveladoras de realidades de las que en las ciudades se habla en global como si fueran irrevocables; realidades que, sin embargo, están construidas por infinitos pequeños gestos locales imperceptibles para el poder. El último de esos pequeños movimientos tuvo lugar ayer mismo, 1 de mayo, en Soria.
«Carlos el de Almarza acaba de comunicar que el próximo 1 de mayo será la última vez que venga a Bretún y demás pueblos de Tierras Altas de Soria, a los que él, su padre y su tío han estado llevando el pan nuestro de cada día durante más de sesenta años, la mayor parte del tiempo por caminos de tierra.
Carlos el de Almarza dice que lo siente, que entiende el perjuicio que ello supone para sus clientes, la gran mayoría personas de edad avanzada; que es el primero que no quiere vivir de subvenciones, pero que si alguien le hubiera dicho que le ayudaba, aunque solo fuera rebajándole algo el combustible, que tal vez se lo habría pensado.
Con Carlos el de Almarza nos consolamos hablando de las ciber-taquillas de venta electrónica instaladas en Bretún junto al futbolín, que el día que funcionen (primero tendrán que recibir señal de internet), harán que, por vez primera, las compras en Bretún se hagan (con ayuda de códigos QR y a través de la correspondiente App) de manera inteligente, tal como dice el slogan.
Puesto que el coste de las taquillas (y de los coches eléctricos que las mantendrán) ronda los 650.000 euros (medio kilo lo pone Europa), imagino que los artilugios tendrán dispositivos no solo de inteligencia artificial, sino también de inteligencia emocional, de manera que, cuando El Mendorro o El Cachorro se acerquen al aparatito, la máquina reconozca sus estados de ánimo y les reconforte cuando lo necesiten. Y es que no solo de pan vive el hombre (y menos de aplicaciones y de códigos QR)».
, vecino de la pedanía de Bretún, en la provincia de Soria, y autor también de las fotografías que inmortalizan la despedida de Carlos Sanz, el último panadero de una saga familiar que ha entregado, a veces con las manos heladas, sus barras de pan recién horneadas a los vecinos y vecinas, cada vez más escasos, de una veintena de pueblos de la mancomunidad vecina durante décadas.
A partir de esta próxima semana, esa zona de la provincia, si Abraham y Aída, que tomarán el testigo desde su tienda de ultramarinos en Villar del Río, no lo hubieran remediado, habría perdido no solo el pan, sino también la sal, porque eso es lo que se les viene negando durante décadas, por más proyectos europeos que rieguen de millones la comunidad autónoma de Castilla y León.
Es solo un ejemplo, pero muy revelador, de cómo la despoblación avanza, cabalgando tras las huellas de las furgonetas que dejan de circular de pueblo en aldea, ajena a planes estratégicos que teorizan sobre el reto demográfico —así lo llaman— de taponar la herida por la que la comunidad autónoma se desangra. Y a esa despoblación solo le ponen remedio otras personas, cuando algunas, después del servicio prestado durante décadas, se dan por vencidas.

«No compensaban los kilómetros con el gasoil por las nubes»
Carlos atiende al teléfono con la misma amabilidad con la que despachaba barras y conversación viajando en su ‘furgo’ desde la panadería que abrieron en 1969 su padre y su tío en el municipio de Almarza —seiscientos habitantes, pero alrededor de cien en invierno, calcula— y que desde 2007 gestiona con su mujer.
La historia del declive en el área comenzó cuando hace catorce años cerró la panadería de San Pedro Manrique, cabeza de comarca de Tierras Altas, y Carlos asumió todo el servicio de la zona. «En la ruta de San Pedro, que está a unos treinta kilómetros de Almarza, al otro lado del puerto de Oncala (1.454 metros de altitud), eran veinte pueblos los que recorríamos dos veces por semana y tres en verano«, dice, «así que hacía ciento cincuenta kilómetros de recorrido cada día que iba, pero he llegado a hacer cuarenta pueblos».
Ya no compensaba, lamenta. No compensaba recorrer la mancomunidad por esas carreteras, en verano y en invierno, porque cada vez se vendía menos. «Había pueblos en los que vendía dos barras y ahora, con el tema del gasoil, ya ha sido la gota que ha colmado el vaso, porque el horno en el que hacemos el pan también es de gasoil».
Carlos asumía que cada año había «cinco o seis meses malos», porque en verano, en esas tierras que se definen como inhóspitas y de duro clima, se triplicaba la población, pero ahora «los meses malos son cada vez más, porque hay menos gente«, y hay que echar cuentas.
Las carreteras y la sierra no ponían fácil la aventura. «Es verdad que cada vez nieva menos, pero si nieva tienes que ir con cuidado, poner las cadenas, esperar a ver si las quitanieves han pasado y atravesar el puerto; además, las furgonetas, con la nieve y la sal, todos los años tienen alguna avería».
Cuarenta y cinco clientes en veinte pueblos
Carlos dejaba sus barras de pan en la gasolinera, en una cochera o en una bolsa colgando de alguna puerta. Eran, dice, cuarenta y cinco clientes en veinte pueblos.
Tú eres, le digo, el testimonio vivo de la despoblación de Castilla y León. «Sí», afirma contundente, «yo te digo que hay muchos pueblos de uno, dos, cuatro y cinco vecinos, y todo es gente mayor, de una media de setenta años, que de un día para otro se los llevan a una residencia o que cierran sus empresas porque no tienen hijos, y poca gente joven que sigue con el ganado; algunos salen a por el pan a la plaza del pueblo, pero esto solo sobrevive gracias a muy pocos quijotes y la colaboración de la gente«.
«Esto no es cuestión de buscar culpables, es cuestión de buscar soluciones, es algo endémico de la despoblación de Soria y de muchas provincias donde la gente va desapareciendo, que vas a llevar el pan y ves que falta el Lucas, o que esa otra mujer se ha ido con su hija a Madrid… haces un poco la contabilidad de la gente. A veces llegas al pueblo, pitas y te dicen: ‘¡Ah! ¿que es martes hoy ya?, y se dan cuenta de que es martes porque llega el panadero, que es miércoles porque llega el frutero y que es jueves porque llega el ‘pescatero'».
“En los pueblos sabes qué ha plantado este en el huerto”
Cuando Carlos les ha comunicado que este uno de mayo era el último día que iba a traer su pan, las vecinas y vecinos de los pueblos de Tierras Altas solo han podido balbucear que qué iban a hacer. «En estos pueblos entre ellos se echan en falta, y el hijo de unos que va a San Pedro trae el pan a otros que no tienen hijos, y saben si el vecino se ha ido a Soria al médico, o a Logroño, o por fuerza tiene que estar en casa».
¡Qué diferente es la vida de los pueblos de la de las ciudades, en las que ni siquiera sabemos quiénes son los vecinos de nuestro portal!, le digo. «Yo vivo en Soria, que está cerca, y subo y bajo todos los días», confiesa, «y a veces no sé quiénes son los que me cruzo en mi portal, porque no los conozco, pero en los pueblos sabes qué ha plantado este en el huerto o qué problema tiene el otro con el ganado«.
«Le pides a la gente que se venga a teletrabajar aquí sin cobertura»
En Bretún no se pide un teatro. Se necesitan pan y servicios básicos.
Yo no tengo la solución, concluye Carlos, pero lo de los servicios es fundamental; «siempre digo que Almarza, que es un pueblo pequeñito, al menos tiene carnicería, panadería, farmacia, tienda, una residencia, dos bares, piscinas en verano y el colegio… pero si le quitas los servicios, es igual que los pueblos que no tienen gente, porque eso es lo que hace que las personas se muevan, se echen un café cuando vienen a algo».
«Y otra cosa fundamental para los pueblos es internet, porque en el pueblo de mi mujer, que está pegando a La Rioja, se pueden pasar una semana sin cobertura, y te tienes que ir a llamar por teléfono al pueblo de al lado; que estamos en 2026, pero le pides a la gente que se venga a teletrabajar sin cobertura, y mientras tanto te ponen ‘taquillas inteligentes’ para que la gente recoja ahí sus pedidos, cuando primero tienes que tener internet para pedir las cosas, porque la gente mayor te echa el monedero en la mano para que le quites las monedas de un céntimo o las de dos«.
Aquí solo puedes venir a hacer un retiro espiritual, relax total, se ríe Carlos con ese halo de tristeza que lo dice todo.
La decisión de Carlos de dejar de servir pan a la mancomunidad de Tierras Altas solo la cura la próxima semana la tienda de ultramarinos de Abraham y Aída.
El lema de su cartel dice: «Nuevo reparto de pan. Trabajamos para mantener vivos nuestros pueblos».

