Parálisis, polarización y desesperanza

Parálisis, polarización y desesperanza

ELENA MARTÍN – SALAMANCA

Hace tres años, un ciudadano de León se tomó la molestia de escribirme un correo para compartir su desacuerdo conmigo sobre una opinión que di en el programa “Cuestión de Prioridades” de CyL TV. El hombre estaba realmente enfadado conmigo por haber afirmado que los plenos de las Cortes o las sesiones del Congreso de los Diputados me parecían “un circo». Y que la política, en general, me parecía un circo, donde prima el espectáculo y no la gestión. Ha pasado el tiempo y no solo sigo opinando lo mismo, sino que, además, todo ha ido a peor.

Son tiempos de desesperanza, desilusión, tiempos en los que no soy capaz de ver un atisbo de positivismo. El otro día Iñaki Gabilondo le decía a Mara Torres en la SER, que le costaba mucho mirar el futuro con esperanza porque por primera vez en su vida no veía en el horizonte ninguna luz medianamente progresista, ninguna. Tratamos de acomodarnos lo mejor posible en ese entorno hostil y ya. Mejor no moverse.

La política en España se ha convertido en un espectáculo estéril, incapaz de dar respuesta a los problemas más urgentes de la ciudadanía ¿Dónde está el consenso?¿Quién piensa en dialogar con el adversario si lo único que sale de sus bocas es el insulto, el odio y la falta de respeto? Lo que debería ser el espacio del acuerdo y la gestión, es hoy un campo de batalla donde prima el cálculo electoral por encima de cualquier compromiso con el bien común. Se elige a los portavoces de los grupos políticos a cada cual más bronco, a ver quién dice la mayor barbaridad al de enfrente.

Me avergüenza esta clase política. Y me avergüenza mucho. La desafección ciudadana que tenemos no nace de la apatía, sino del hartazgo ante unos políticos que parecen vivir en un universo paralelo, ajenos a la realidad diaria de millones de personas y solo preocupados de lo suyo, de seguir medrando en un sistema que se lo permite. Que en muchos casos llegaron a la política siendo muy jóvenes y que poco a poco fueron escalando hasta poder vivir de ello siendo fieles a unas siglas y sin alzar la voz en contra del líder de turno, no vaya a ser que me borren de sus listas y desaparezca del mapa.

No creo que les preocupe realmente la vivienda, tampoco que las colas para que te atiendan en la sanidad pública sean cada vez más largas. No creo que dediquen ni un minuto de su tiempo a pensar en un posible pacto de estado por la educación. Y mucho menos para abordar el cambio climático que nos golpea con sequías e incendios devastadores, mientras los gobiernos se limitan a gestos simbólicos, incapaces de poner en marcha una política seria y a largo plazo. Porque lo suyo es el corto plazo.

Mientras la polarización y la desinformación  se extienden como un virus, vamos perdiendo la cultura del matiz, la capacidad de reflexionar y debatir sin destruir al adversario. Y en ese clima tóxico, quienes deberían dar ejemplo, lo único que hacen es alimentar la confrontación.

Mi desesperanza no nace de la nada: es consecuencia directa de la inutilidad de un sistema que no funciona. Lo repito: el sistema no funciona. Los políticos han convertido la democracia en un juego de tronos permanente, olvidando que su misión es resolver problemas, no crearlos donde no los hay ni agrandar los que ya existen. Si la ciudadanía percibe que nada cambia, que los bloqueos son eternos y que la corrupción o el sectarismo siguen marcando la agenda, lo lógico es que crezca el desencanto, la abstención y, finalmente, la desconfianza en la propia democracia.

Pero cuidado, y esto lo advertía también Iñaki Gabilondo: cuando la desesperanza se convierte en norma, dejamos el terreno abonado para los populismos más destructivos. Y los únicos que tienen algo de esperanza  son aquellos que quieren regresar al pasado.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *