El municipio soriano, que cayó de quinientos habitantes en 1930 a solo dos en 2022, paradigma de la tenacidad rural
Sarnago, en Soria, es uno de esos núcleos de población de Castilla y León en los que no solo no están asfaltadas las calles, sino que sus edificios emblemáticos de otras épocas se vienen cayendo a pedazos desde hace décadas. Desgraciadamente, en estos enclaves rurales de la inmensa comunidad autónoma, los ancestros suelen perderse en la memoria de quienes emigran a las ciudades o pueblos más grandes del entorno. Excepto en Sarnago, paradigma de la tenacidad rural y la resistencia numantina al bucle de la despoblación gracias a la actividad incansable de la Asociación Cultural Amigos de Sarnago, que estos días desmonta el arco de la casa del tío Manuel, transformando la ruina en tránsito, dicen, para llevar esas piezas a El Refugio, «con la misma dignidad y una nueva vida».
El tío Manuel, cuenta el presidente de la asociación, José María Carrascosa, fue uno de tantos que tuvo que marcharse a hacer las Américas, dejando atrás su casa y su pueblo, buscando, lejos de Sarnago, lo que aquí no pudo encontrar. «Ese arco quedó en pie, en silencio, durante años, guardando su memoria, su ausencia y su vida, y no solo es arte, es historia», dice Carrascosa, «que hoy vuelve a tener sentido». Porque en Sarnago nada desaparece del todo. Todo vuelve.

Casi medio siglo de trabajo comunitario para devolver la vida a un pueblo
El 23 de abril de 1979 —esta semana, el día de Castilla y León, se cumplirán 47 años— murió el último habitante de Sarnago, Aurelio, también a los 47 años de edad, y un año más tarde nació la Asociación Amigos de Sarnago, con el propósito de recuperar la vida del pueblo.
Desde entonces, este grupo de irredentos ha trabajado sin descanso, fundamentalmente con su propio esfuerzo y la aportación de los socios. Actualmente son casi trescientas personas que tan pronto desmontan con sus manos y la ayuda de algún tractor-grúa el arco de la casa del Tío Manuel como rescatan la pila bautismal de la iglesia de San Bartolomé, de la que apenas queda más que la fachada, y para cuya reconstrucción andan en negociaciones con el Arzobispado de Osma-Soria.
Al arzobispado solicitan la cesión de sus ruinas para evitar que se conviertan en pocos años en una montaña de escombros. Desgraciadamente, ni la cesión de lo que queda del templo a la mancomunidad ni al ayuntamiento de San Pedro Manrique, del que depende la localidad, han conseguido de momento que la Iglesia Católica se avenga a que los vecinos se ocupen del mantenimiento básico. El Ayuntamiento vota en contra y el Arzobispado dice que ya no firma nada más. La asociación esperaba poder contar con una subvención de la mancomunidad de Tierras Altas que era únicamente de 8.000 euros a la que la propia asociación tenía que sumar, de su bolsillo, otros 2.000. Pero ni así. «Todo son pegas», dice Carrascosa», como si lo que piden fuera nada más que ocuparse por sí mismos de impedir la desaparición de un bien patrimonial que su legítimo propietario ha abandonado. «Esto es surrealista», dice. Y tanto que lo es.
La lucha contra los elementos
A las dificultades en sus planes para recuperar la iglesia, los amantes de Sarnago suman otras muchas que a las administraciones les pillan lejos, porque a día de hoy Sarnago tiene dos personas empadronadas y un único residente.
Pero ellos no se rinden. Gracias a la perseverancia y el ahínco de quienes sienten el arraigo de este lugar en las Tierras Altas de Soria, Sarnago ha convertido el edificio que en otros tiempos albergó la escuela, el ayuntamiento, la casa del maestro y la tienda, en centro social, museo etnográfico y espacio coworking que pretende atraer a quienes buscan un lugar de paz compatible con el teletrabajo con conexión a internet.
Ahora trabajan en complementar ese coworking con un coliving, «es decir, un piso compartido de toda la vida, pero que ahora se escribe en inglés», dice José María riendo, «para que quien esté interesado en venir al pueblo pueda tener dónde quedarse, porque no hay vivienda». Ahí empiezan los problemas con la fibra óptica prometida, que no llega, y los dos megas escasos que provee la conexión a internet de la compañía telefónica —que promete doscientos y no daba más que veinte— desde el último e incomprensible cambio del router del museo debido a no sé qué migración. «Esto no hay quien lo entienda. Siempre se ha dicho que si algo funciona, no lo toques, así que vamos a tener que ocuparnos nosotros comprando una antena que cuesta ochenta o cien euros».
En los cuarenta y seis años transcurridos, el grupo puso en marcha, con el dinero de sus socios, lo que se recauda con la paella, las campañas de crowfunding y las camisetas, bolsas y otro merchandising que venden a través de la web, la recuperación del alumbrado público, la renovación de la fuente de la plaza y la prospección de un pozo de captación mediante el que devolvieron el agua corriente a las viviendas que subsisten.
Pero además, se recuperó la Fiesta de las Móndidas, una tradición que simboliza la memoria del pueblo y que la asociación devolvió a la vida en los años ochenta como homenaje a la resistencia y la cultura locales.
Una web, un podcast, una revista y un premio literario
La asociación creó en 2010 una página web www.sarnago.com, que se estrenó simultáneamente al agua corriente en las viviendas, en la que puede leerse la historia de esta cruzada por la repoblación y la memoria desde sus inicios hasta el día de hoy.
Porque en este pequeño núcleo superviviente no solo se reconstruyen infraestructuras, sino que también se apuesta por la cultura con el correr de los tiempos: un podcast cuenta lo que no quiere olvidarse, entre poemas y soliloquios, un premio literario recaba historias de la tierra en recuerdo a uno de sus ilustres vecinos, el periodista y escritor Abel Hernández, nacido en Sarnago en 1937, y una revista anual pone sobre el papel la memoria colectiva.
Por si todo eso no fuera suficiente, la asociación convoca este año, en su tercera edición, el premio Esteva, que reconoce a personas, colectivos o entidades que trabajan por la recuperación del medio rural, la cultura tradicional, la sostenibilidad o la memoria de nuestros pueblos en otros municipios hermanos.
En busca de ayuda pública
En 2022, Sarnago y otros dos pueblos de Navarra y Aragón, Burgui y Urriés, presentaron el proyecto «Culturural» a los fondos europeos Next Generation. El objetivo lo describieron como «convertir nuestros casos de éxito local en experiencias turísticas relevantes para el desarrollo de nuestras poblaciones». Planteaban tres programas piloto de Turismo Cultura Rural: Una red de turismo social de rehabilitación rural participativa, basada en la experiencia y resultados de Sarnago (Soria), otra de turismo de inmersión cultural y festival, basada en la experiencia y resultados de Urriés (Zaragoza) y una tercera red de turismo didáctico de antiguas formas de vida y de trabajo basada en la experiencia y resultados de Burgui (Navarra).
Aunque desde Sarnago aportaron a la solicitud los apoyos del Ayuntamiento y la Diputación de Soria y la Subdelegación del Gobierno, el proyecto no se les concedió. «La convocatoria era en concurrencia competitiva y parece ser que nuestro proyecto no convenció, pero vemos otros que se basan en que la gente de los pueblos pida sus pedidos al comercio local por internet y nos preguntamos cómo van a pedir la compra por internet personas mayores en pueblos de diez habitantes que no tienen cobertura. No tiene sentido».
«Por lo que yo veo, lo que tiene éxito es todo lo que sea ‘innovador'», dice José María, «e ‘innovador’ es cualquier palabra bonita. Viendo lo que hay en otros proyectos que se han concedido, me doy cuenta de que todo es muy ‘de relato’, muy de palabras en inglés que escriben las consultoras, pero al final toda la documentación la tienes que preparar tú».
Sin embargo, nada detiene a la gente de Sarnago y hoy esperan la resolución de otra petición de ayuda al Ministerio de Transición Ecológica, MITECO, con una propuesta de rehabilitación sostenible, dinamización territorial y cohesión social centrada en la recuperación de vivienda rural mediante el uso de materiales naturales, locales y de baja huella ambiental.
Así que su apuesta, esta vez, es la lana. Como lo leen: la lana de las ovejas, que no tiene salida, porque ahora nadie la quiere y se destruye. «El día 2 de mayo vamos a hacer un taller de lavado de lana, y dándole una vuelta pensé que podíamos presentar un proyecto para aprovechar la lana que hay en todos los pueblos, porque siempre hay algún ganadero, y convertirla en planchas de material aislante para viviendas en el medio rural«.
En el proyecto participan arquitectos y la Universidad de Cuenca, y se ha previsto la certificación del proceso. El proyecto piloto es el coliving de Sarnago, pero José María se enfrentó con un último problema: que su asociación es local y la subvención estaba pensada para asociaciones supraprovinciales. Así que tuvo que presentar el proyecto a través de la Asociación Amigos de la Celtiberia —a la que también pertenece— que agrupa a las provincias de Soria, Burgos, Logroño, Zaragoza, Teruel, Cuenca y Castellón.
Y en esto se resume eso que llaman despoblación.
De aquí en adelante, hay que reflexionar sobre el esfuerzo de algunos por mantener vivo el medio rural y el negocio de otros aprovechando la ola del dinero público que no llega a quien hace el esfuerzo.

