Hace unos días ha presentado su séptima obra en la Casa-Museo Zorrilla de Valladolid, una novela negra, La última canción de Alice Wren, con la que se estrena en el género, aunque en sus dieciséis años en la tarea de escribir, este incorregible ecléctico ha navegado sin complejos entre la narrativa, los cuentos y la poesía.
Jesús Salviejo (Valladolid, 1965) camina a caballo entre la educación y la cultura y se le escucha decir que tiene una especie de centrifugadora en la cabeza que no deja de disparar ideas en todas las direcciones. La última es esta historia, ambientada durante la pandemia, en la que se entrecruzan crímenes, trata de seres humanos, bodegas vallisoletanas y la insoportable corrupción nuestra de cada día.
Cuando se le pide un titular que resuma su novela, suelta una definición de escalofrío: «un viaje», dice, «a lo más oscuro del corazón humano; al lugar donde habitan los monstruos» que se nutre de un costoso trabajo de investigación con raíces en Paul Auster y del ansia por leer y escribir que le transmitió su abuelo paterno. «De niño, yo tenía la costumbre de contarle cuentos a mi madre, en vez de que ella me los contara a mí, que es lo normal», reconoce riendo para explicar su «pasión innata por convertir las experiencias en historias».
Pregunta.- ¿Es fácil, difícil o imposible hacerse un nombre en la literatura en 2025?
Respuesta.- (Resopla) La literatura no es ajena a la precariedad y la volatilidad de esta sociedad líquida de hoy en día. Los autores, como las noticias, duran minutos. La cultura todavía nos sostiene, pero es una superficie de hielo cada vez más delgada que en algún momento se va a quebrar. Construirse un nombre en esta época de las redes sociales no es garantía de no desaparecer si estás un rato en silencio. Y es una pena, porque la peor novela del mundo tiene un enorme esfuerzo detrás y hacerlo medianamente bien es la hostia de trabajo. Sin embargo, al final del año has ganado seiscientos euros en derechos de autor, así que si estás en esto es únicamente porque estás muy convencido de que tienes que estar. Si pretendes vivir de escribir, abandona toda esperanza.
P.- Qué triste, ¿no?
R.- No quisiera sonar pesimista, pero lamentablemente, esa es la realidad.
P.- ¿Y en Castilla y León, qué panorama encuentra en el mundo editorial?
R.- No dejo de ser un recién llegado, pero lo primero que me viene a la cabeza para definirlo es esa frase de Antón Losada: que tiene «una mala salud de hierro». Me parece un mundo precario en el que tenemos editoriales haciendo milagros para hacer cosas nuevas. Somos muchos autores pequeños que entramos en una competencia absurda de egos muy pequeñitos en lugar de colaborar. El contexto de autores-libreros-editores de Castilla y León es complejo. A veces te descubren fuera porque los de dentro no te hacen ni puñetero caso, así que la literatura, en estos momentos, te obliga a convertirte en tu propio librero. La editorial que publica este libro, M.A.R. Editor, por ejemplo, es madrileña; y sería gracioso que con el paso de los años uno adquiriera notoriedad y no lo hubiera hecho gracias a la gente de su tierra. Deberíamos mirarnos unos a otros con más confianza y tejer complicidades, desterrando esos egos pequeñitos. Aquí es necesario destacar a las bibliotecas públicas, que hacen un trabajo extraordinario y arriman el hombro.
P.- ¿La salida entonces es la autopublicación? ¿No cree que le ha hecho daño a la literatura?
R.- En cierto modo sí. Supone una sobresaturación del mercado, porque no hay filtro, y por tanto, al mercado le llega de todo con una pésima o nula distribución y al final, el autor vende a su entorno más cercano, familia y amigos. Cada librería recibe una barbaridad de miles de libros y, por tanto, en sus catálogos no se encuentra lo autopublicado, así que mucha gente apuesta por internet y al final hay trescientas mil entradas de libros en Amazon. No obstante, tiene un aspecto positivo: las editoriales dan paso a autores o autoras con garantía de resonancia y eso estrangula la entrada a narrativas nuevas. Yo mismo recurrí a la autopublicación con Un asunto de sombras, porque aunque fue finalista del primer premio de Creación Literaria Villa del Libro de Urueña, ninguna editorial apostó por ella. Las grandes editoriales van al negocio. Ahora resulta que todos los presentadores de televisión querían ser novelistas desde pequeños y alguno incluso gana el Planeta (se ríe), y autopublicarse es un modo de ganarse la oportunidad, aunque ante tal cantidad y entre auténticas bazofias, que las hay, es imposible hacer un escrutinio.
P.- ¿Solución?
R.- Creo que la industria editorial merece una reconsideración desde las políticas culturales de las administraciones, a todos los niveles, y también desde el propio sector.
P.- ¿Un deseo para la cultura de Castilla y León en 2026?
R.- Que llegue alguien a las esferas de decisión a quien le quepa, como suele decirse, «todo el partido en la cabeza», porque hay gente a la que solo le cabe una parte y solo ve su ombligo. La cultura no es solo consumo, sino que es cultivo, y eso es lo que debe de ser. O vinculamos cultura con educación y valores democráticos o esto tiene muy mal salir.

