El síndrome del mundo cruel

El síndrome del mundo cruel

REBECA RUANO – SEGOVIA

Vivimos en la era de la inmediatez, cuando todo sucede al otro lado de una pantalla y, al mismo tiempo, dentro de nuestra cocina, nuestro salón, nuestro transporte diario. Nos despertamos con lo que ocurre a miles de kilómetros, con mil imágenes del mismo acontecimiento, con la noticia “imprescindible” diseccionada por expertos, con vídeos de gatitos y coreografías de Taylor Swift moviéndose con un simple toque. Y, entre todo eso, la bofetada diaria de crueldad absoluta: nuestra ración audiovisual del genocidio palestino, las imágenes minuciosas de redadas del ICE en Estados Unidos, las miles de muertes injustificadas de inocentes retransmitidas en directo. Todo en el mismo plano. Todo compitiendo por nuestra atención. Todo con la misma duración. Un paisaje desolador para quienes aún conservan conciencia y se resisten a renunciar a su humanidad.

La violencia circula en el mismo carril que el entretenimiento. Entre bulos, mentiras que nadie desmiente o que cuando se desmienten pierden todo su espacio, insultos constantes a autoridades, periodistas y personalidades públicas, la violencia y la crueldad se mezclan con el ruido cotidiano

La crueldad ya no interrumpe. Se integra. Se desliza. Se consume. Antes el horror detenía la conversación; hoy convive con ella. Se comenta, se comparte, se archiva mentalmente y se sustituye por la siguiente notificación. La violencia circula en el mismo carril que el entretenimiento. Entre bulos, mentiras que nadie desmiente o que cuando se desmienten pierden todo su espacio, insultos constantes a autoridades, periodistas y personalidades públicas, la violencia y la crueldad se mezclan con el ruido cotidiano.

Ese mismo sistema que nos permite compartir un cumpleaños, una canción, un nuevo outfit, nos expone también a la violencia más extrema con un simple toque. Las imágenes de muerte, destrucción, persecución y represión se han convertido en nuestro pan de cada día. Nos hemos acostumbrado. ¿Cómo es posible? ¿Estamos dispuestos a resignarnos y ser testigos inertes de toda esa devastación? Es real. No es ficción. Está pasando.

Nuestras herramientas son la voz, la conciencia, el activismo, la denuncia

¿Qué podemos hacer? No podemos exigirnos ni exigir a nadie que haga lo que está fuera de sus capacidades reales. Nuestras herramientas son la voz, la conciencia, el activismo, la denuncia. Pero aun así, resulta perturbador comprobar con qué facilidad deslizamos el dedo, pasamos al siguiente contenido y seguimos con nuestra vida como si nada.

Diversos estudios advierten de que vivimos una sobrecarga informativa traumática. Recibimos demasiados estímulos, demasiadas noticias, demasiados relatos de inmoralidad, crueldad, tragedia y violencia. Y ante esa avalancha, el cerebro reacciona protegiéndose. No porque quiera volverse indiferente, sino porque emocionalmente no puede sostener tanto dolor sin colapsar.

Somos capaces de conmovernos profundamente ante una persona concreta, con nombre y rostro, pero cuando el sufrimiento se convierte en colectivo, en estadística, en miles o millones, nuestra respuesta emocional se diluye casi por completo.

El psicólogo Charles Figley denominó este fenómeno “fatiga por compasión”: un agotamiento emocional que conduce al distanciamiento afectivo, a la desconexión, a dejar de sentir, no por falta de humanidad, sino por supervivencia psíquica. Otros estudios apuntan a que la mente humana es incapaz de procesar adecuadamente el sufrimiento masivo. Paul Slovic lo llamó “pérdida de compasión” (compassion fade): somos capaces de conmovernos profundamente ante una persona concreta, con nombre y rostro, pero cuando el sufrimiento se convierte en colectivo, en estadística, en miles o millones, nuestra respuesta emocional se diluye casi por completo.

El síndrome del mundo cruel, formulado por George Gerbner, plantea que la exposición constante a la violencia en los medios no solo nos hace percibir el mundo como peligroso, sino que también nos lleva a considerarlo inevitable

Y hay un concepto que refleja con inquietante precisión el momento que vivimos: el síndrome del mundo cruel, formulado por George Gerbner. Plantea que la exposición constante a la violencia en los medios no solo nos hace percibir el mundo como peligroso, sino que también nos lleva a considerarlo inevitable. Normalizamos el horror. Lo integramos. Lo asumimos como parte del paisaje.

Eso es lo verdaderamente grave. Porque cuando lo inmoral se repite, pierde gravedad. Cuando la crueldad se vuelve cotidiana, deja de escandalizarnos. Cuando el sufrimiento ajeno se convierte en contenido habitual, deja de movilizarnos. Y así, poco a poco, nos habituamos a lo que debería ser éticamente inaceptable. No es que no sepamos que está mal. Es que ya no lo sentimos con la intensidad que correspondería.

No sé cómo evitar que el corazón se endurezca cuando el mundo parece decidido a pulverizarlo. Pero sí sé que aceptar esta anestesia moral como algo normal es peligroso

Yo sé qué armas tenemos para resistir esta deshumanización progresiva: nuestra conciencia, nuestra voz, nuestro acto de mirar, de denunciar, de compartir responsablemente, de acompañar con empatía. No sé cómo volver a sentir sin rompernos. No sé cómo evitar que el corazón se endurezca cuando el mundo parece decidido a pulverizarlo. Pero sí sé que aceptar esta anestesia moral como algo normal es peligroso. Para quienes sufren hoy. Y para todos mañana.

Tal vez no podamos detener las guerras, ni acabar con los genocidios, ni cambiar de golpe el rumbo del mundo. Pero sí podemos resistirnos a dejar de sentir. Resistirnos a normalizar la barbarie. Resistirnos a convertir la crueldad en paisaje.

Porque el día que el horror deje de dolernos, no será el mundo el que se haya vuelto más oscuro. Seremos nosotros los que habremos empezado a apagarnos por dentro.

2 comentarios

  1. Hola, me ha encantado el artículo. Dice verdades como catedrales. Es importante visibilizar estas realidades; porque si no nos encontramos indefen@s.

    Muchas gracias. Bonita y necesaria WEB.

    Un saludo sórico a todas

    • ¡Muchísimas gracias! Seguimos aquí gracias a vosotras y vosotros, quienes nos regalais ánimo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *