La enésima reflexión

La enésima reflexión

Los resultados de las elecciones en Castilla y León demuestran que las palabras ya no sirven

QUILAMA – VALLADOLID

Permítanme la enésima reflexión sobre las elecciones de Castilla y León, una semana después de conocerse los resultados y más desde el punto de vista sociológico que desde el político, porque seguramente ya sobran análisis acerca de estrategias, valoraciones, pactos, crecimientos y descensos de escaños y porcentajes de votos.

Entiendo que los resultados deben llevarnos también desde los emisores hasta los receptores de los mensajes para concluir que las palabras han demostrado no servir para convencer a la mayoría, por más que se encadenen en coherencia razonable.

La comunicación política atiende básicamente a lo que entiende que a la ciudadanía importa más según las últimas encuestas sociológicas. De este modo, en esta campaña electoral se ha extremado el mensaje dirigido a aquellas que los votantes señalaron como sus principales preocupaciones personales: la vivienda (primer problema de los españoles según el Barómetro del CIS de febrero, con un 27,6%), la economía (un 25,8%), la sanidad (un 22,9%), la calidad del empleo, mujeres, jóvenes, y en menor medida, pero también, la educación, los servicios sociales o el transporte. (Dejamos al margen las prioridades de la ultraderecha, que van por su propio camino y se resumen en inmigración, Mercosur y poco más, suficiente para arrasar el voto del señor Cayo).

Ni dato ni relato parecen haber roto la tendencia castellana y leonesa a seguir dando el poder al mismo partido al que viene otorgándoselo casi cuarenta años, como si esos «problemas sociales» que se declaraban un mes antes de las elecciones hubieran desaparecido.

Si bien estos son los planteamientos lógicos, que los partidos han llenado de argumentos a su favor y en contra del adversario, parece obvio que la ciudadanía tiene los suyos propios. Decía Herbert Blumer que era vano definir los «problemas sociales», porque estos varían por épocas y regiones y pueden desaparecer como concepto mientras los fenómenos subsisten. Y en este caso, ni dato ni relato parecen haber roto la tendencia castellana y leonesa a seguir dando el poder al mismo partido al que viene otorgándoselo casi cuarenta años, como si esos «problemas sociales» que se declaraban un mes antes de las elecciones, en el caso de Castilla y León hubieran desaparecido en las urnas sin necesidad de dar la oportunidad a otro gestor que pudiera mejorarlos, aunque los problemas subsistan.

La corrupción ya no es un problema, aunque siga ahí. Especialmente la de guante blanco de esta tierra frente a la de brocha gorda a nivel nacional. Así son las oleadas en la llamada ‘opinión pública’, como las modas que encumbran y hunden a los partidos.

Poco se ha hablado de corrupción, que como problema de los españoles en el último Barómetro del CIS había caído hasta el puesto 23, cuando en otras épocas figuraba en el pódium. Apenas se ha sacado a colación porque no es rentable; se ha concluido que no llega a la gente ni influye en la decisión. La corrupción ya no es un problema social, aunque siga ahí. Especialmente la de guante blanco de esta tierra frente a la de brocha gorda a nivel nacional. Así son las oleadas en la llamada ‘opinión pública’, como las modas que encumbran o hunden a los partidos, digan lo que digan, utilicen las palabras, razonamientos o argumentos que utilicen, incluso la constatación de los hechos.

Porque los hechos, si me apuran, tampoco sirven cuando se transforman en palabras. Como se demostró el domingo, a la mayor parte de la ciudadanía no le importan, o no se los cree, como Santo Tomás, hasta que no se clavan en sus carnes o los ven con sus propios ojos («la experiencia vivida frente a la exigencia científica», lo describe el sociólogo y escritor Louis Pinto), y seguramente un escaso porcentaje de los votantes que introdujeron su voto el domingo pasado supieran a ciencia cierta quién fue otro Tomás, Villanueva. Y mucho menos qué fueron la Perla Negra o la Trama Eólica, por más ríos de tinta que se hayan publicado sobre ellas.

A veces, los silencios dicen más que las palabras, y este fue el caso cuando el asunto saltó al debate en Televisión Castilla y León, porque el presidente en funciones, pendiente ahora del pacto con la ultraderecha para celebrar el cuarenta cumpleaños del gobierno del Partido Popular en la comunidad, no encontró otras palabras que «el ruido», “la insinuación» y «la mentira» contra su gobierno de «gestión eficaz y limpio», aunque se le escapó lo del guante blanco.

Pero sus silencios fueron mucho más expresivos, si bien tampoco sirvieron de nada en el recuento de votos del domingo frente a las prenociones arraigadas en el electorado de Castilla y de León. Ni siquiera en las zonas de León y Zamora que sufrieron los incendios del pasado verano.

Las palabras ya no sirven, ya no penetran en los votantes. Pero tampoco las imágenes ni los vídeos en este vendaval de oferta. Y si atendemos a las tesis del también sociólogo Patrick Champagne, no es extraño. Champagne decía que los debates televisivos y las emisiones políticas son «acontecimientos de los medios de comunicación, que solo existen por y para los medios».

Otro día les cuento la teoría de la comunicación en círculos concéntricos.

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