QUILAMA – VALLADOLID
Estimada Yolanda:
Soy periodista desde hace más de tres décadas y desde hace cuatro años he estado desempleada, aunque aún lejos de la edad de jubilación. Finalmente, hace un par de meses, decidí darme de alta como trabajadora autónoma, porque solo a eso me llevaba la situación.
Durante un tiempo fuiste mi jefa como ministra de Trabajo en aquel Gobierno que se enfrentó a la pandemia de COVID. Por aquel entonces yo también combatí la pandemia desde la Delegación del Gobierno en Castilla y León de la que fui directora de comunicación.
Aunque coincidí con muchos ministros en aquella época, nunca coincidí contigo y solo te he visto en persona una vez, cuando después de dejar la Delegación asistí como periodista ‘de medio’ a una comparecencia tuya, en aquel mismo escenario, durante los tiempos oscuros en los que Vox formaba parte del Gobierno de Castilla y León y viniste a intentar poner orden en el conflicto del SERLA.
Recuerdo que aquel día, en aquella esquina de la planta ‘noble’ de la Delegación en la que se hacen declaraciones, éramos muchísimos los periodistas rodeándote en el canutazo, y los de las televisiones nacionales —como hacen habitualmente en provincias— se imponían a gritos, cortando las preguntas de los compañeros de los medios locales sin ningún tipo de respeto.
No se me olvidará ese momento en el que mandaste callar, muy educadamente y con sonrisa, a aquel patán de dentro de la M-30 que había interrumpido mis preguntas varias veces, ni el apoyo de mi compañera Virginia, que hizo lo propio para que tú pudieras contestarme.
Ahora vengo a hacerte otra pregunta, por este cauce tan institucional, porque en estos cuatro años, desde que salí de la Delegación del Gobierno (por salud mental) después de quince dedicada a la comunicación política, me he sentido, como muchos otros compañeros de mi edad y similar trayectoria, muy desprotegida por el sistema.
Cuando a los cincuenta y tantos te enfrentas al desempleo, como tantos otros trabajadores y trabajadoras, cobras una prestación durante un tiempo muy limitado, mucho menos del cotizado. Lo primero que te dicen en el SEPE cuando llegas a preguntar es que tienes que elegir entre lo que sembraste durante unos años de tu vida laboral (equis meses por equis años trabajados, cotizados y no consumidos) o lo que sembraste en otros (equis meses por equis años, también cotizados, de tu último empleo), es decir, que finalmente tu red en la caída es mucho más pequeña de lo que aportaste, porque en el momento en el que eliges uno de esos periodos, renuncias al otro para siempre.
Eso me dejó perpleja al principio. Me enfadó. Mi derecho a la protección por desempleo no era el total de mi contribución al sistema durante todos esos años de trabajo, sino solo lo de una parte, así que tenía que elegir entre la prestación que me habían generado unos años de trabajo o la que me habían generado otros, porque eso no se podía sumar. No entiendo el razonamiento de quien legisló eso, pero eso no fue lo peor.
Lo peor es que cuando el mercado laboral te rechaza descarnadamente una y otra vez, hagas lo que hagas, te esfuerces lo que te esfuerces, apuestes por lo que apuestes —y te rechaza por tu género, por tu edad y por tu ideología—, y finalmente la prestación se termina, solo te queda el subsidio. En mi caso, y en el de mis compañeros de generación, el subsidio para mayores de 52 años.
Te da vergüenza decirlo, porque te vienen a la mente los predicadores de “las paguitas”, esos que dicen que estás tirada en el sofá tan tranquila, cuando en realidad te sale fuego del pelo pateando las calles, formándote, formándote y formándote y enviando tu currículum y tus propuestas, pasando exámenes y pruebas de inglés hasta los confines del universo, que ahí habría que ver a otros que tienen estupendos y bien pagados sillones bostezando y tocándose sus partes.
Durante años no dices que no a nada y trabajas a ratitos en cosas temporales mal pagadas: un tiempo como corresponsal, un verano visitando comercios en Ávila, unos días en una caseta de la Feria del Libro de Valladolid y otros en una academia de formación… pero finalmente no vuelves a otro sitio que al subsidio. Porque nadie te quiere.
Mi historia es solo una, pero las historias de vida son cientos de miles, similares o peores, solo en este país.
Y aquí viene lo último: el subsidio por desempleo y el edadismo son una trampa mortal de la que es imposible salir. Nadie le da una oportunidad a quien tiene una experiencia laboral anterior a 2010. Lo que hiciste antes de esa fecha es preferible que lo ocultes, porque no solo no tiene valor, sino que además apesta. Pero por añadidura, no puedes optar a ayudas al emprendimiento, porque eso te exige darte de alta en autónomos.
Y Yolanda: resulta que ser autónoma es incompatible con percibir el subsidio por desempleo, que son 480 miserables euros que, obviamente, no te dan para el alquiler, la luz, el agua, el teléfono y la compra. Por supuesto, ni siquiera para el alquiler.
¿Quién ha decidido que cobrar la prestación contributiva por desempleo sea compatible con trabajar como autónomo y en cambio el subsidio no lo sea?
¿Qué mentes pensantes redactan las normas que nos rigen para que tenga que lanzarme al vacío, pagando autónomos e ingresando cero euros a cambio, a la espera de que mi iniciativa prospere, nos dé de comer, a mí y a mis hijos, y me permita pagar mi alquiler y mis facturas?
¿Qué hacemos para erradicar la discriminación por edad en España?
Sé que lo más probable es que no me llegues a leer, pero mi obligación, en mi nombre y en el de todas esas personas, a las que de un día para otro se llama «séniors», es intentarlo.
(Esta carta se registró en el Ministerio de Trabajo y Economía Social el 14 de enero de 2026)

