Cuando Castilla y León se hermanaron en Zamora: Peleas de Arriba y Peleas de Abajo

Cuando Castilla y León se hermanaron en Zamora: Peleas de Arriba y Peleas de Abajo

Hay dos pueblos en Zamora, separados por pocos kilómetros, cuya ubicación en el mapa contradice lo que predican sus nombres: Peleas de Arriba está al sur y Peleas de Abajo, al norte. Los vecinos de uno y otro se dan tímidamente la espalda, sin pelearse, pero dejándose de lado, casi ignorándose, como si entre ellos discurriera el Océano Atlántico. Algunos vecinos ni siquiera evocan que por esas tierras, a finales del siglo XII o principios del XIII, nació Fernando III el Santo, que dejó huella en uno y apenas se atisba en el tocayo, ajeno a esa parte de la historia, cuando Castilla y León sellaron votos por voluntad del rey.

Peleas de Arriba

A la cuna de Fernando III se llega por carreteras ‘vaciadas’ de firmes imposibles, pero bajo luminosos cielos azules de reventona primavera que surcan estelas de aviones de nueve siglos después.

A un par de calles de la fuente, a la entrada del pueblo, charlan en un corrillo Paquita y Cari, barra de riche bajo el brazo, junto a la furgoneta del panadero, y si les tiras de la lengua te cuentan lo del Monasterio de Valparaíso en el que nació aquel rey «que juntó todas las tierras» y lo de los monjes que tenían hierbas que curaban a la gente en el convento cisterciense del que ya no queda nada, solo profundas bodegas de las que «ni cuando se consumen las velas se alcanza a ver el fin».

Los contertulios confirman que no hay bar donde tomarse un café ni comprar botella de agua para calmar la sed y me envían hacia la iglesia por una calle empinada, entre casas construidas con piedras rescatadas de los restos del monasterio, algunas de las cuales aún conservan su sello del cantero.

La llave la tiene Mari, que atiende rápida el timbre de su casa y sale, envuelta en bata floreada y dejando la comida al fuego, para abrir las verjas de hierro y prender luces sobre bancos de madera desde techos de artesonado, caminando despacito y pasando la mano sobre el respaldo de los asientos mientras señala, orgullosa, con la otra, las figuras del altar.

Desde allí nos mira la imagen del santo, vestido de armadura para batallar aquellas Españas de moros y cristianos y de tierras al sur que había que reconquistar, pero a Mari le parecen absurdas esas peleas de Castilla y de León y de lo que ahora llaman ‘identidad’: «Estábamos mejores juntos», dice, meneando la cabeza, mientras apaga las luces del templo y me guía hacia la puerta.

Tras la iglesia, señala orgullosa el inmenso paisaje cosido de tierras de cultivo tostadas, verdes y amarillas, como en un patchwork, y hacia la carretera, dirección Salamanca, me indica cómo llegar a la pequeña ermita almenada junto a la que hay un caño de agua «buenísima para el riñón» en el lugar donde Berenguela se detuvo a parir al futuro rey que reunió los reinos: «A mí la política me da igual, porque no entiendo de tanta tontería», susurra, sonriendo con los ojos, «pero yo creo que la unión hace la fuerza; que aquí estamos muy solos y muy abandonados».

Los gatos huyen a esconderse al sentir pisadas en las calles y a dos kilómetros, el relieve de Fernando El Santo sujeta el mundo cristiano y la espada en sus manos a espaldas de otra balconada rendida al paisaje, mientras las máquinas de unos operarios recortan el jardín. En el pecho, tallados, Fernando presume de castillos y leones y huele a césped recién cortado. Casi un milenio después.  

Peleas de Abajo

El arroyo Valparaíso nace en el municipio de arriba, que geográficamente está abajo, y trastea por la Ruta de la Plata cruzando el municipio de abajo, que geográficamente está arriba, para morir en el Duero. Su cauce asilvestrado se cruza antes de llegar a la plaza, en una de cuyas balconadas descansa, sentada, Albina, asomándose curiosa ante el tráfico que aparca enfrente. «¿Buscas a alguien?», pregunta, y baja los escalones, mucho más ágil de lo que se esperaría, para llevarme a casa de su vecina, que tiene la llave del templo.

De Fernando III El Santo, que nació en Peleas de Arriba, los vecinos de Peleas de Abajo no tienen imagen en su iglesia, en la que deslumbran la Virgen del Carmen y los tapetes de ganchillo que ha tejido Manoli con sus manos y se guardan, primorosamente, en un armario de la sacristía.

Saben, eso sí, que en el templo vecino, el facedor de la unión de los pueblos de León y de Castilla, «el que les quitó a los moros lo que nos habían quitado», tiene un sitio en el altar y sale en procesión el 30 de mayo, aunque no hayan ido nunca a verlo. ¿Y por qué?, se pregunta una, pero ellas, que saludan al pasar a los maridos jugando la partida en el bar, encogen los hombros.

Solo les separan doce kilómetros de donde Berenguela paró a parir, pero en las tierras despobladas de la Castilla y León de ahora, todo lo de más allá del puente sigue estando lejos.

Se pierden en los siglos los vestigios de su relación homónima y antagónica con los que pelean arriba, al principio del curso de agua, ahora seco, que los une como hermanos ausentes que ni conjugan el verbo pelear ni el convivir.

Pero dice Emilio, que viene a auxiliar a las damas que abren y cierran la iglesia, que además cuentan de un túnel cuya entrada ‘se entoñó’, que unía la cuna de Fernando con los canchales romanos de su pueblo, por el que los monjes del monasterio en el que nació el rey, en tiempos de guerra, huían del enemigo.

Albina y Manoli acercan el oído y amortiguan la voz con la historia de la mula que se perdió en el túnel y Tomás “el carretero” bajó a buscar con un candil y una soga muy larga. La soga se terminó y de la mula no se supo. Eso cuentan.

“No se sabe lo que hay ahí, ni dónde acaba”, dicen, probablemente sin imaginar que en el otro extremo del túnel se dice que las velas se consumían sin que pudiera verse el fin.

¿Y el rey? El rey tenía razón. ¿La unión de los reinos, qué les parece? Que sí. Que ‘la gente junta’, dice Albina, ‘aberrunta’. Pero ahí siguen, los de Castilla y los de León, tirando de los costados de una comunidad autónoma que no es suficientemente ancha para dar cobijo a sus peleas.

2 comentarios

  1. Sara

    ¡Qué maravilla lo rural castellano! Cómo guardamos las reliquias y plagamos todo de rumores y leyendas. Fantasía 😍

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