PALOMA HEREDERO – MADRID
¿Cuántas mujeres se necesita que sean asesinadas por el hecho de serlo para que esta sociedad reconozca que tiene un grave problema estructural que no sabe resolver? No hay mes, en ocasiones incluso semana, que no nos estremezca la noticia de que una o varias mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. A continuación, minutos de silencio, manifiestos, condolencias, distintos discursos institucionales, algunas concentraciones feministas y ya. Pero ¿qué está pasando?
Estoy convencida de que si se tratara de personas socialmente relevantes (futbolistas, actores, políticos), esto tendría otro color. Se trataría de otra forma: los medios nos bombardearían constantemente con lo atroz de los hechos. Se convocarían manifestaciones o, al menos, concentraciones multitudinarias y la ciudadanía no dejaría de hablar de la brutalidad y de que no se puede consentir algo así. Pero, desgraciadamente, solo se trata de mujeres y, en ocasiones, sus hijos e hijas también son víctimas de estos deleznables sucesos. Violencia vicaria, el súmmum del horror.
Esta vez, el asesino ya había sido condenado a seis años de prisión por secuestrar a una niña de 9 años y por delitos violentos contra otras mujeres. ¿Alguna reflexión?
Un hecho diferencial del brutal asesinato machista ocurrido esta semana en Miranda de Ebro —triple crimen, recordemos: Dolores, 58 años, víctima de su expareja, Antonia, 78 años, madre de Dolores, y Laura Valentina, 24 años, vecina— es que, en esta ocasión, el asesino no era «un hombre muy normal», como suele ocurrir cuando preguntan al vecindario. Las personas que me conocen saben que ante esto siempre digo: «Cuidado, que los normales matan». Esta vez, el asesino ya había sido condenado a seis años de prisión por secuestrar a una niña de 9 años y por delitos violentos contra otras mujeres. ¿Alguna reflexión?
En 2004, las feministas nos felicitamos porque entendíamos que habíamos conseguido una Ley contra la Violencia de Género que ayudaría a evitar la violencia machista. Años después tenemos que reconocer que se quedó corta.
En 2004, las feministas nos felicitamos porque entendíamos que habíamos conseguido una Ley contra la Violencia de Género —así se denominaba entonces— que ayudaría a evitar la violencia machista. Años después tenemos que reconocer que se quedó corta. Los hechos son tozudos y demuestran que todos, absolutamente todos los medios que se están poniendo, son insuficientes.
Se necesitan más financiación para prevenirla, recursos para proteger a las víctimas, educación en igualdad y una cultura que cuestione la gravedad de la violencia machista. ¡Que nos matan por el mero hecho de ser mujeres! El machismo mata cuando los hombres creen que las mujeres somos de su propiedad, cuando cuestionan su control, pero también cuando la sociedad mira para otro lado.
Me asusta ver cómo cada día más jóvenes verbalizan que eso de la violencia machista es algo normal, que siempre existió, que las feministas somos un atajo de exageradas
Echo en falta pedagogía al respecto: charlas en centros escolares, conferencias, documentales; me asusta ver cómo cada día más jóvenes verbalizan que eso de la violencia machista es algo normal, que siempre existió, que las feministas somos un atajo de exageradas que lo único que pretendemos con ello es restarles poder e influencia social.
Para quien no lo sepa, el feminismo es igualdad y sin igualdad la democracia no puede existir. Claro que, en los tiempos que corren, tampoco tengo muy claro que esto le interese a la mayoría de la población.
En fin… lo dicho: ¡Hasta las tetas!

