La burgalesa María Ángeles González presenta este martes su segundo libro en la Biblioteca de Castilla y León
María Ángeles González (Burgos, 1959) presenta este martes su segundo libro en la Biblioteca de Castilla y León con la mirada fija en el pasado, el presente y el futuro del feminismo, del que habla como “una actitud que tenemos que defender entre todos salvando nuestras distancias y manteniendo lo que nos une dentro de nuestra diversidad”.
La autora, que comenzó su trayectoria en el Movimiento de Juventudes Comunistas y el sindicalismo de CCOO, debuta en la capital del Pisuerga de la mano de la Fundación Jesús Pereda tras la publicación de Una lucha de mujeres, que alumbró el Ayuntamiento de Burgos en 2021; otro trabajo de investigación con el que rindió homenaje a sus compañeras, las trabajadoras de Confecciones Ory que secundaron una huelga de más de dos meses en lucha por sus derechos en 1976, cuando las protestas obreras eran prácticamente patrimonio exclusivo de los varones.
De la humillación hacia la liberación de las mujeres, publicado durante este recién despedido 2025 por Círculo Rojo, lleva por subtítulo una reafirmación que, a día de hoy, también es un reto: “Hubo un tiempo en el que ser mujer era casi un delito. Y, aun así, hubo mujeres que no se callaron”.
Pregunta.- Es usted burgalesa —que no burguesa— y además mujer, roja, feminista y escritora. ¿Se siente fuera del sistema en estos tiempos que corren?
Respuesta.- (Se ríe) No. Corren malos tiempos y hay riesgo de regresión en los avances que conseguimos, pero no me siento más fuera que antes, porque el primer riesgo que enfrentamos en estos tiempos fue cuando Gallardón intentó echar atrás la ley del aborto, en 2012, y conseguimos pararle. Sí es verdad que mi alegría entonces fue haber salido a la calle en esa lucha acompañada de gente joven y ahora la ultraderecha viene pegando fuerte y teniendo eco en los jóvenes, y eso me preocupa.
P.- El título de su obra lleva la conjunción “hacia” entre las palabras “humillación” y “liberación”, en lugar de la conjunción “a”, como si la transición de la humillación a la liberación estuviera por llegar.
R.- Bueno, es que la liberación no existe todavía. Estamos haciendo un camino que no ha terminado, que comenzó con la muerte de Franco y la labor del movimiento feminista en la transición a la democracia, pero en realidad mucho antes, porque hay que retroceder a la lucha contra la mentalidad social antes de la muerte de Franco, durante la dictadura. Una parte del libro se dedica al impacto del franquismo en la vida de las mujeres, a las que se atribuyó el papel de esposas, obedientes, abnegadas, devotas y sumisas. La Sección Femenina ideologizaba a través del servicio social obligatorio y encerraba a las mujeres jóvenes que consideraba ‘caídas o en riesgo de caer’. Las cosas han cambiado mucho, pero la amenaza de volver atrás sigue ahí, y especialmente ahora.
P.- Entre la publicación de su anterior libro y el actual, en estos cuatro años de historia, ¿ha visto cambios en el feminismo?
R.- En la unidad de acción se ha retrocedido. Estamos muy escoradas a un lado o a otro y no vamos por buen camino. Y sobre todo, hemos retrocedido entre la gente joven. Creo que la prevención de la violencia de género, los jóvenes no la asumen como algo propio: creen que eso les pasa a los mayores. Y hay que hacerles comprender que también está entre ellos. Hubo un tiempo en el que hacíamos talleres, con técnicas como el role play, centrados en instarles a construir relaciones sanas e igualitarias. Al principio, los chicos se reían, pero luego lo interiorizaban. Hoy, en cambio, se sienten agredidos.
P.- ¿Y qué hacer?
R.- Tenemos que cuidar el discurso. Una mujer no es feminista de por sí, por el hecho de nacer mujer, ni un hombre es machista por el hecho de nacer hombre. Hay grupos de hombres por la igualdad y el patriarcado nos afecta a todos, hombres y mujeres: a ellos metiéndoles en la cabeza clichés sobre su sensibilidad y su papel social; cosas como que no pueden llorar, por ejemplo, pero en muchas otras, porque el machismo también tiene cosas negativas para ellos… esa manera de inculcarles que están obligados a ser fuertes. La lucha por el avance debe ser entre todos, porque es de todos.
P.- El subtítulo de su libro dice que “Hubo un tiempo en el que ser mujer era casi un delito, y aun así, hubo mujeres que no se callaron”, pero también dice que se ha retrocedido en unidad de acción.
R.- Sí; mi libro pretende destacar que el movimiento feminista no nació ayer, que ha trabajado mucho para conseguir cambios importantes; que la democracia hubiera sido diferente sin el movimiento de las mujeres y que tenemos que seguir. Pero es que hubo una época en la que incluso los partidos de izquierdas entendían que teníamos que esperar a que se resolviera el conflicto de clases y pretendían que nos mantuviéramos apartadas cuando se hablaba mucho del movimiento obrero o vecinal, pero poco del de las mujeres, que estábamos mucho más humilladas. El cambio de los delitos contra la honestidad por el concepto de delitos contra la libertad sexual se debe al movimiento feminista, por ejemplo, pero esto tiene que continuar, porque no hemos alcanzado aún la libertad ni la igualdad. Y siento pena, porque veo que hay debates que pensé superados y creo que los superamos porque estábamos unidas reivindicando lo plural de forma unitaria, intentando no caer en espacios excluyentes. Me da mucha pena que haya dos manifestaciones los 8M y los 25N frente a la ultraderecha. El tema de la diversidad de las mujeres ya se planteó en los noventa. No todas estábamos ni estamos discriminadas de la misma forma, pero algo nos unía, y eso nos daba más fuerza.
P.- ¿Se refiere al rechazo de parte del feminismo a la Ley Trans?
R.- Me refiero a los debates viscerales, porque así es difícil unificar y ver lo que nos une y no lo que nos separa. El problema es cuando una se cree con la única verdad.
P.- Su libro tiene 486 páginas y, como el anterior, hace un trabajo minucioso que parte de hace muchos años, de lo que vivió en los ochenta y noventa en la asamblea de mujeres de Burgos. ¿Cómo era el feminismo que hacían entonces?
R.- No éramos más de diez o doce, aunque teníamos un núcleo de apoyo alrededor con personas que nos ayudaban a conseguir más impacto social. Pero el feminismo entonces andaba bastante en soledad. No teníamos ni siquiera una sede cedida por el ayuntamiento y pagábamos un alquiler con nuestras cuotas cada mes. Editábamos una revista y hacíamos cositas manufacturadas que vendíamos los domingos en la Plaza Mayor. Nos financiábamos también revendiendo libros de mujeres que eran difíciles de encontrar y que comprábamos en una librería de Barcelona. Pero denunciábamos las cosas. En aquellos años se registraron agresiones como la violación a una niña de doce años a la que tuvieron que operar dos veces para reconstruir sus órganos. La noticia se publicó en un ladito de un periódico, en chiquitín. Pero eso era lo que había: una pequeña reseña de muchísimas más agresiones frente a una nula sensibilidad social.


